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El
Uruguay de los derechos,
¿y el Uruguay de los
deberes?
Reclamar derechos sin asumir la contrapartida lógica: el cumplimiento de
deberes y responsabilidades ha pasado a formar parte de nuestra matriz
cultural.
Se ha incorporado de mala manera a la idiosincrasia nacional. Este es
quizás uno de los principales problemas que afecta al colectivo
ciudadano y nuestro modo de convivencia, ya que es –como todo fenómeno
cultural- difícil de revertir y condiciona la perspectiva de futuro.
Existe un evidente deterioro de Valores.
Hemos ingresado en la dinámica del facilismo, desdeñando al trabajo, el
esfuerzo y el sacrificio como proceso de superación individual, y
consecuentemente de desarrollo social.
Hemos llegado hasta lo ilógico de castigarlos. “La cultura google” de la
inmediatez y eventualmente, de la simplificación.
No es posible pretender avanzar como país sin comprometernos con la idea
de “el Deber”.
Cumplir los deberes y responsabilidades constituye en la vida en
sociedad no solo una condición personal, sino un temperamento de respeto
por el prójimo, de verdadera solidaridad colectiva.
No estamos planteando una visión dicotómica sino complementaria.
Derechos y deberes se retroalimentan. No es posible el reclamo del
derecho sin mirarnos en su reflejo, el deber.
Se ha perdido la institución Familia, que contenía, educaba y formaba;
los instrumentos sociales que antes prevenían, hoy resultan ineficaces y
vivimos en una época donde el respeto, la noción de autoridad se ha
deteriorado cuando no perdido en absoluto.
Situación que se vive entre vecinos, entre alumnos y maestros y dentro
de la propia familia, entre padres e hijos.
Por supuesto que el primero que tiene el deber y la responsabilidad es
el Estado. El Estado debe brindar seguridad y educación.
El Estado tiene la obligación de generar oportunidades, crear
condiciones para que el individuo en base a su esfuerzo, se desarrolle,
alcance plenitud. Generar la posibilidad de ejercer los derechos.
Pero es también el ciudadano, responsable y depositario del deber de
coparticipar.
Existe una corresponsabilidad entre Estado y ciudadano.
Fuimos un ejemplo modélico, lejos en el tiempo. Y más alejado estará si
no cultivamos los Valores que enriquezcan el espíritu de los individuos.
Trabajo, Sacrificio y Esfuerzo. Merecemos mejor educación, mejor
seguridad. Esos cometidos, inherentes a la noción de Estado, son su
razón de ser.
La Política debe estar a la altura del desafío de orden cultural que se
nos presenta.
¿Qué futuro estamos construyendo? ¿Vamos a permitirnos quedar trabados
por los avaros espíritus corporativos, egoístas y cercenadores de la
posibilidad de progreso social? O bien, estamos dispuestos a asumir el
deber de cambiar, la responsabilidad de transformar la realidad.
La revolución de la educación del pueblo, pasará por la reinstauración
del sentido del esfuerzo como valor y mecanismo de superación.
Pasará por sustituir los ánimos asistencialistas por el desarrollo de la
cultura del trabajo. Por instalar la conciencia de la importancia del
deber como fenómeno social de solidaridad y respeto. LA CULTURA DEL
DEBER Y LA RESPONSABILIDAD.
Por supuesto, esto requiere un Estado nuevo, adaptado a estos tiempos,
que se anime a romper las estructuras anquilosadas que lo atan.
La lucha que sostenemos por mejor educación repercutirá en un futuro más
fructífero, impactará en tener mejor seguridad, en tener una sociedad
más armónica y justa, porque es la educación la que libera a los pueblos
del inexorable destino de fracaso y frustración, la que iguala al rico
con el pobre, la que permite el ascenso social.
La igualdad de oportunidades. Debemos impulsar el despegue cultural,
educar en valores, educar en libertad y responsabilidad.
El Uruguay “en bandeja” no existe.
El éxito de una sociedad está en su capacidad de esfuerzo, es asumir que
tiene derechos que reclamar, con deberes que cumplir.
De lo contrario no tendremos derechos de los cuales gozar, sino de
angustias.
SI NO HAY URUGUAY DE DEBERES, NO HABRÁ URUGUAY DE DERECHOS.
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