Columnistas 27/4/12 - Nº 112                 

El gabinete en las sombras

Francisco FaigHace ya más de un año que Luis Alberto Lacalle en el Directorio planteó la conveniencia de tener un gabinete en las sombras. Hace algunos días atrás, el Partido iba a aprobar los nombres de las personas para integrar algunos de los grupos sectoriales de ese gabinete, y se terminó demorando la decisión por un problema de filtración de información a la prensa.


Más allá de la anécdota noticiosa, que muestra la cabecita conventillera y menor de algunos; y más allá de la demora de más de un año en implementar el gabinete, que muestra la tremenda lentitud de reflejos partidarios, me importa analizar la forma en la que, me parece, debe concebirse el mentado gabinete en las sombras.


Se trata de una idea propia de las democracias parlamentarias europeas. Frente a políticas públicas de un gobierno mayoritario, el partido de oposición que quiera ganar las elecciones siguientes procura establecer políticas espejo, alternativas, en cada uno de los temas relevantes de la agenda del país. Así, la opinión pública sabe qué plantea el gobierno ante tal o cual problema, y a la vez, tiene claro qué propone el partido de oposición. Calibra así la calidad de las propuestas y se va forjando su propia opinión ciudadana sobre cada actor.


Todo este esquema, además, baja la actividad política a la realidad: no se discute más sobre el sexo de los ángeles – o, lo que es lo mismo, si Cuba es una dictadura o no -, sino que se pasa a centrar la atención en los temas que, en concreto, desvelan a la opinión pública. Sobre todo, pasan a ser protagonistas las verdaderas soluciones de políticas públicas. Semejante ejercicio requiere, claro está, de estudio y trabajo. Porque si se van a proponer tonterías que no se pueden llevar adelante, rápidamente la ciudadanía se dará cuenta y castigará a quién así actúe.


Así, un gabinete en las sombras precisa de dos dimensiones claves. Una, la definición de temas relevantes sobre los cuales proponer alternativas: salud, educación, vivienda, política exterior, seguridad, economía, por ejemplo. Otra, la definición de los recursos humanos de los que se va a disponer para generar, en cada tema, la propuesta concreta, factible, estudiada, que refleja los valores partidarios, y que se puede explicar con claridad a la opinión pública porque es entendible y aplicable con provecho.


Aquí el problema. Si vamos a conformar un gabinete en las sombras con diez técnicos especialistas en cada tema (por decir una cifra corta, que puede haber dirigentes que estén pensando en incluir a más gente aun), que en sus tiempos libres intenten coincidir en algunas reuniones para discutir sobre su especialidad, y procuren congeniar además con los parlamentarios que conocen del asunto a tratar – que entre diputados y senadores del Partido no serán nunca menos de seis -, no vamos a llegar a nada. Si, además, todo esto es HONORARIO, el resultado será, evidentemente, una frustración para todos.


El gabinete en las sombras tiene que tener otra lógica. En cada uno de los temas, dos o tres especialistas, no más. DEDICADOS a eso: es decir, profesionales muy bien PAGOS, elegidos por su excelencia, y con obligación de trabajo en la generación de políticas públicas cuya implementación posible debe ser discutida, claro está, con parlamentarios y autoridades partidarias. Rentados, exigidos en plazos de propuestas, de calidad y con profesionalismo. Otra cosa, es todo verso.


Es propio de un país que YA FUE, pensar que se puede hacer un gabinete en las sombras desde la reunión de decenas de personas, que te hacen “la gauchada” de reunirse en ratos libres y proponer cosas que después se verá si son útiles para los parlamentarios o para el partido en el futuro.


Para que la modernización funcione, hay que tener recursos económicos disponibles para eso. Hay que cortarla con querer que la gente te haga las cosas de onda y por el amor a la camiseta. Con un desempleo en el 6%, con profesionales trabajando a full y haciendo plata, para que la cosa marche, hay que contratar gente bien formada, joven, con cabeza eficiente. Y para que eso ocurra, claro está, hay que pagarles bien. Además, algo evidente: si se contrata a gente formada y joven, es la forma de ir renovando cuadros técnicos partidarios para el futuro, y dejar de apostar a los – muy excelentes – que tienen tiempo hoy en día porque están jubilados de sus quehaceres.


Es propio de un país que YA FUE creer que un gabinete en las sombras es una carrera para ocupar ministerios en un futuro gobierno (¡qué tontería encarar las cosas así!). Si de verdad todo se tranca por eso, entonces hay que ponerse a pensar si tenemos cabeza para ganar elecciones o estamos cómodos, en realidad, perdiéndolas. Y que gobierne otro.


En todo este precioso proceso de modernización del Partido hay un peligro. Se trata de tomar palabras y conceptos novedosos y marketineros – gabinete en las sombras, posicionamiento estratégico, y ainda mais – y llenarlos de cabeza vieja, propia de un partido de los años sesenta, de la época en la que todo estaba atadito con alambre y la ibas llevando así, más o menos bien.


No hay que inventar nada. Alcanza con ver cómo hicieron otros partidos en otras partes del mundo y sabremos que lo que estoy escribiendo no es nada fuera de lo común. El gabinete en las sombras es FUNDAMENTAL. Pero hay que hacerlo con cabeza del siglo XXI. Hay que terminar con la cultura que mezcla garroneo, amateurismo y declamación sensiblera de identidad partidaria. Todo eso ya fue.

 Francisco Faig

 

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