Columnistas 6/7/12 - Nº 117              

                 No es serio

 

Dr. Pablo Abdala

Si algo faltaba para terminar de demostrar la incompetencia de nuestro gobierno, era –sin duda- el paquete de quince medidas recientemente presentadas para –supuestamente- combatir la inseguridad.

Es notorio que el país vive, en la materia, una crisis histórica, pero también lo es que los gobernantes se encuentran desbordados por ella, lo que determina que la situación esté prácticamente fuera de control. Los ciudadanos, sin distinción, sabemos que eso es así.

El referido paquete de aparentes soluciones fue anunciado en el marco de una inusual expectativa. La misma se vio alimentada por una serie bastante larga de reuniones del llamado gabinete de seguridad, que aconteció bajo un halo de misterio y reserva sepulcral que sorprendió. Sobre todo, por la locuacidad, lindante con la incontinencia, que caracteriza al gobierno, a los ministros y, especialmente, al Presidente de la República.

Lo cierto es que, por lo dicho, el país se fue haciendo a la idea de que algo muy importante se venía. Muchos creyeron –nosotros, al menos- que las probabilidades de que el Poder Ejecutivo resolviera tomar el toro por las astas y darle un golpe de timón a la gestión, eran altas.

Después de tanta espera y de tan larga saga de reuniones de alto nivel, era sensato esperar la solución final en cuanto a la seguridad pública. Pero nada de eso vino ni ocurrió.

Lo que pudo apreciarse, en cambio, fue la expresión de un gobierno desorientado, confundido, y abrumado por su propia incompetencia.

Las medidas, en su mayor parte, son considerablemente ineficaces. Algunas son preocupantemente impactantes, como la que propone –aunque no se sabe cómo- legalizar la marihuana o la que consiste en intervenir en los contenidos de los informativos.

Y, finalmente, las que podrían llegar a representar un ajuste positivo de la legislación, como el aumento de las penas a menores infractores por la comisión de delitos graves, no tienen acuerdo en el seno del mismo gobierno que las promueve.

La afirmación de que hay ausencia de rumbo, a esta altura, parece ser insuficiente para describir la realidad de quienes conducen al país. El episodio que estamos comentando indica, lo que resulta más grave aún, que se ha perdido la seriedad.

El planteo relativo a la marihuana es la prueba más palmaria y elocuente. La eventualidad de legalizar esa droga es, por supuesto, asunto perfectamente discutible.

Nosotros, más allá de lo que dijeron los ministros, no compartimos esa alternativa, porque la misma estimularía el consumo de una sustancia que provoca consecuencias sicológicas, siquiátricas y neurológicas, puede producir esquizofrenia, crisis de pánico, o estados depresivos y, en general, lejos está de constituir una droga blanda. Por lo demás, no disminuiría en lo más mínimo el consumo de pasta base, sino al revés.

Sin embargo, antes de adentrarnos en ese debate, el gobierno debería, al respecto, trasmitir una idea concreta, lo que no ha hecho. No tiene sentido discutir en el aire. ¿Para qué?

Por eso, cabe preguntarse: ¿Qué es lo que se propone el Poder Ejecutivo? Desde que las medidas fueron anunciadas, solo se han escuchado contradicciones e incongruencias, entre los comentarios del Presidente y los de sus ministros, y los de estos entre ellos.

Nadie ha sido capaz, al momento, de precisar donde se vendería la marihuana, quién la produciría, como funcionarían los registros de consumidores (en caso de existir), y de qué manera se combatiría el surgimiento de un mercado negro del producto y, probablemente, otro de las colillas (Mujica habló de ellas).

Es evidente, como dijimos más arriba, que nuestro gobierno no sabe qué hacer. Por eso cae en la improvisación.

La única explicación racional frente a las propuestas oficiales sería la virtual intención de distraer la atención pública para disimular u ocultar otros problemas, lo que –obviamente- no representaría una conducta digna ni legítima. Si así no fuera, entonces la clave está en la impericia.

En cualquiera de las hipótesis, los ciudadanos deberíamos alarmarnos ante la existencia de un gobierno entre especulador e inoperante.

Por otra parte, la censura que se pretende instaurar, respecto de los contenidos de los informativos, es no menos desconcertante, y merece el mayor de los repudios.

Con la excusa de la protección de la sensibilidad de los menores de edad, se procura un efecto político: la menor difusión de hechos que fundamentan la inseguridad que no es capaz de conjurar el gobierno. Y eso es gravísimo, pues supone recortar, en función de aquel designio, la libertad de prensa, la de libre expresión del pensamiento, y el derecho a la información.

Por todo eso, parece claro que las propuestas del gobierno no son serias. Y además, bastante inescrupulosas.  Pablo Abdala 

 

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