Columnistas 6/7/12 - Nº 117  

 

 

La soberanía no pasa de moda

                          

Alejo Umpiérrez

Aunque algunos parezcan no darle demasiada importancia, existimos quienes pensamos que la independencia y la soberanía de los pueblos debe ser respetada. Algo que no parece estar muy a tono con la posición asumida por esta Triple Alianza 2.0.
Se habla que en Paraguay se cometió un golpe de estado parlamentario (¿?). Ello de por sí es una contradicción absoluta. El parlamento de ese país -electo por su pueblo en elecciones limpias- por abrumadora mayoría (solo 5 legisladores apoyaron a Lugo en más de un centenar en ambas cámaras) votó la destitución de su presidente en aplicación de la Constitución votada también libremente por el pueblo paraguayo.
Los golpes de estado no se dan de esta manera: todos conocemos las milicias revolucionarias o lo militares alzados contra las instituciones. Aquí no hay nada de eso.
Pero sin perjuicio de ello cual nuevos gendarmes barriales Brasil y Argentina, al igual que en 1865 acompañados por Uruguay, salen prestos a intervenir en la vida interna de la nación vecina. Hablan de golpe de estado y cuando se les refuta diciendo que se siguió un procedimiento constitucional por el poder legislativo, expresan que el juicio fue muy rápido y no hubo garantías como único argumento.
Cabe consignar para los profanos que el Juicio Político –que así se llama y existe en la Constitución de Uruguay– es eso: político; no tiene plazos ni un proceso determinado y se sujeta a la ley de los votos, en estos casos una mayoría especial que se obtuvo holgadamente.
En el caso de Lugo no cae porque se violen las instituciones sino porque los propios partidos que lo catapultaron a la presidencia ahora lo sepultaron políticamente quitándole su apoyo, en un mecanismo más propio de una democracia parlamentaria que de un presidencialismo. O sea para que quede claro: Paraguay vive una crisis política pero no institucional. En breve de acuerdo al calendario electoral de ese país habrá elecciones y todo seguirá con normalidad.
Puede parecer normal que grandes países en lo regional quieran constituirse en gendarmes o desarrollar políticas subimperialistas (Brasil se quedó con territorio de todas las naciones vecinas –Paraguay inclusive- y Argentina con la cuarta parte de Paraguay); pero lo que no tiene fundamento es que un país pequeño como el nuestro juegue de ladero de terceros países en estas aventuras “democratizadoras”.
Por mero instinto de supervivencia no podemos convalidar intervenciones de terceros países so pena de que en el futuro nos suceda lo mismo y no podamos quejarnos.
¿Qué tenía que hacer el esperpento de canciller compatriota, el de gastadas rodillas, sumado al coro de sus pares de Argentina y Brasil en Asunción?
¿Hubiéramos aprobado a los cancilleres de los países vecinos o de la Unión Europea aterrizando en Montevideo para intervenir en nuestros asuntos internos, por ejemplo cuando el Poder Ejecutivo y Legislativo no acataron dos pronunciamientos populares por el mantenimiento de una ley como sucedió?
Esta negativa a las intervenciones que sostenemos es derecho positivo, se halla consagrado en el derecho internacional por convenciones y son dos principios básicos del relacionamiento entre naciones: “Principio de no intervención en asuntos internos” y “Principio de libre determinación de los pueblos”. Nihil novum sub sole. Aunque nuestros gobernantes participen de un criterio internacionalista que más bien se asemeja a un resabio de sus viejos lastres ideológicos.
La hipocresía de fondo y de superficie es que se apoya a Lugo no por ser depuesto arbitrariamente sino porque integra esta suerte de “Club de Tobi” que tenemos en la sufrida América Latina, ese de las afinidades ideológicas que poco redundan en beneficio de nuestros países más allá de altisonantes declaraciones en pos de una siempre lejana Patria Grande.
Hipocresía también porque jamás hemos visto a iguales cancilleres poner la voz en cuello por la democracia y el respeto a los derechos humanos, por ejemplo en Cuba, ni proponer la conformación de delegaciones de cancilleres a La Habana a clamar por las libertades perdidas por esa nación.
El colofón de esta hipocresía llega con el arrogado derecho de “suspender” a un país soberano su participación en un organismo internacional; ligado ello al mezquino interés de aprovechar tal resolución para hacer entrar por la puerta de atrás a la poco democrática Venezuela en el MERCOSUR, hecho hasta ahora obstaculizado por el parlamento paraguayo. Cartón lleno para la vergüenza.
Dicen que también está latente un tratado de libre comercio con China, nación con quién no tiene trato diplomático Paraguay; será difícil porque los tiempos no dan y los intereses son harto complejos.
Mientras tanto hace rato que carecemos de una política de estado y quedamos así a la deriva como hoja al viento según cambien las ecuaciones de poder mundiales.
Hoy como nunca tal cual lo enseñaba Herrera –trayendo la vieja frase de Palmerston– “Los países no tienen amigos permanentes, sino intereses permanentes”. Mientras arrastramos nuestras miserias como país en el concierto internacional.
Hay gente que nunca aprende y llegado el momento suele pagarse caro.

 Alejo Umpierrez

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