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¿Y por casa cómo seguimos?
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Francisco Faig |
La sucesión de
errores y horrores del gobierno ha dejado a un lado la focalización de
la atención sobre los procesos de cambio que vive la oposición.
Se escucha mucho decir que “del otro lado no hay nada”, haciendo
referencia contundente a la situación de lo que no es Frente Amplio en
el país.
Claro está: no es verdad que no haya nada. Pero no es menos cierto de
que hay una sensación extendida de que falta algo del otro lado para
generar la alternancia.
¿Por qué pasa eso? Quiero detenerme en dos pistas de análisis que
seguramente no agoten el tema pero que ayudan a pensar mejor.
La primera está vinculada a la generación de la alternativa colectiva
que de sentido de capacidad de gobierno.
Ante decisiones de la administración Mujica, sin duda que hay compañeros
que conocen tal o cual tema en particular y salen a criticar, responder
y proponer soluciones de políticas públicas alternativas. Pero cuando
esos planteos ocurren, aparecen aislados: hay que estar muy politizado
para saber que existen y conocer quiénes son los referentes del Partido
en cada tema.
Si alguien no está siguiendo todo el tiempo la política no sabe cuáles
son las 10 medidas del Partido Nacional para enfrentar la inseguridad,
las 5 para cambiar la educación, las 7 para reformar la salud, etc. Y si
están en algún lado definidas, no aparecen.
Así, la imagen es de un gobierno que plantea cosas, buenas, malas y
regulares, pero del otro lado no hay algo armado, colectivo, duradero,
bien hecho, respaldado por todos, que se presente como la política
alternativa y diferente a lo planteado por el gobierno.
Claro está, se armaron los grupos de seguimiento para seguir,
justamente, el quehacer del gobierno. Pero como lo escribimos aquí ya,
son grupos que por su conformación y forma de trabajo no tienen la
capacidad de respuesta rápida que se precisa para el contragolpe de
medidas.
Insisto, a fuerza de ser pesado: se precisan gabinetes- sombra, que es
un concepto distinto, que articulen su tarea con todo el partido. Y se
precisa una mejor comunicación partidaria. Por supuesto, sin apelar en
ningún caso al indignante argumento, tan extendido en nuestro querido
Partido, del “amor a la camiseta” para que la gente trabaje.
Y digo indignante porque, lector, fíjese en lo siguiente: casi siempre,
quien sostiene ese argumento, es un jubilado que tiene la vida resuelta,
o es un señor integrante del aparato político (representantes,
directores públicos, etc.) que por su trabajo tiene un salario muy por
encima del promedio de los uruguayos.
Desde esos lugares de privilegio… ¡qué fácil es apelar al “amor a la
camiseta”!
Lo que se precisa es profesionales bien pagos. Como corresponde a una
economía de 15.000 dólares per capita; con 6% de desempleo; y con
funcionamientos de partidos financiados por el Estado.
La segunda está vinculada al siempre vigente divorcio entre la
dirigencia nacional y la departamental.
Los blancos tenemos referentes departamentales relevantes en todo el
país. Pero ellos, por lo general, no son críticos de Mujica ni de su
gobierno. Es más: hablan a favor de Mujica.
La lista de Intendentes blancos que están en esa posición es amplia, y
todos la conocemos.
Entonces, claro está, se hace difícil que la gente perciba que hay
oposición cuando los principales referentes del partido de oposición,
los más cercanos, los que “tienen los votos”, los que la gente en el
interior conoce, NO hacen oposición sino que juegan el partido del
oficialismo, entre otros motivos, porque precisan de los fondos
nacionales – aquello de la descentralización se fue por el caño con el
acuerdo de las patentes, ¿no? – para poder llevar adelante sus
gestiones.
Así, los blancos aparecen divididos. La dirigencia nacional,
montevideana, es crítica del gobierno pero no aparece articulando
colectivamente soluciones alternativas. La dirigencia departamental, por
lo general, no critica al gobierno sino que por el contrario, muchas
veces hasta habla bien de él.
A eso le sumamos que es de sentido común entender que si pierde el
Frente Amplio gobernarán conjuntamente blancos y colorados para tener
mayorías en el Parlamento, y que nadie ve que haya hoy ningún tipo de
concertación concreta entre ellos.
Por todos estos motivos es evidente que la opinión pública tiene
sobradas razones para pensar que no hay oposición. Y eso va en desmedro,
lamentablemente, de la vigorosa labor que llevan adelante algunos
compañeros parlamentarios que con tesón, inteligencia, trabajo y mucho
coraje, plantean alternativas sólidas y serias a las políticas de este
gobierno.
El problema va más
allá de sus iniciativas valiosas. Y pasa por entender que para ganar a
la izquierda hay que cambiar lógicas de trabajo colectivas que se sumen
al esfuerzo individual que ellos están haciendo.
Francisco Faig
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