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Lo que
hay que hacer
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Dr. Pablo Abdala |
El país está inmerso
en la incertidumbre y mal gobernado. La conducción política de la
administración del Presidente Mujica es absolutamente errática, al punto
tal que, por momentos, el país parece estar fuera de control.
La falta de criterio y de racionalidad es incuestionable. La incapacidad
para gestionar el Estado y los recursos públicos también. En el marco
del mayor crecimiento de la historia económica del Uruguay, sin embargo,
asistimos a la peor etapa de los servicios sociales, lo que se advierte
con nitidez en la situación de la seguridad, la educación y la salud.
El gobierno parece no saber hacia dónde ir ni qué hacer. En todos los
planos se percibe eso. En la relación con los vecinos, protagonizamos un
papelón mayúsculo sancionando a Paraguay e incorporando a Venezuela al
Mercosur, luego de someternos a las indicaciones de la Argentina y el
Brasil.
La criminalidad campea y el Poder Ejecutivo, arrinconado, no pudo más
que improvisar un paquete de quince medidas inconsistentes e
impracticables, entre ellas la de la legalización de la marihuana.
Sobre enseñanza y salud nada hay que probar que no se conozca, las
tremendas carencias en hospitales y centros de estudio son hechos
notorios.
Como si con lo dicho no alcanzara, no debe perderse la perspectiva de lo
que, tal vez, resulte más preocupante: el gobierno no escatima a la hora
de procurar sus objetivos, aún a costa de enajenar nuestro patrimonio
más preciado, que es el apego a la Constitución y la ley.
El Frente Amplio, sin ningún prurito, ha barrido con el estado de
derecho cuando le ha venido en gracia y, como confesó recientemente el
Presidente, subordinó lo jurídico a lo político toda vez que lo
consideró necesario. Nada más atentatorio contra la mejor tradición
republicana de nuestra sociedad política.
Ante la alarmante circunstancia, solo cabe proponerse, dentro de los
plazos constitucionales, pero con la mayor urgencia, relevar a quienes
hoy detentan el manejo del país. Para eso, no hay más alternativas que
las del compromiso, la militancia y la movilización.
Solo trabajando con ahínco, informando al desinformado, convenciendo al
indiferente y contagiando al descreído, transformaremos en realidad la
esperanza y lograremos lo necesario.
En estos días se vaticinó, por parte de un vocero del gobierno, que la
segunda parte del período, dada la relación entre oficialismo y
oposición, se convertirá en una batalla campal. No es lo que nosotros
auguramos para el país ni lo que vamos a alentar, pero es evidente que
si los niveles de confrontación política se incrementan en la sociedad,
ello será responsabilidad principal – por no decir exclusiva – del
Presidente de la República y su elenco.
Prueba de lo que afirmamos es la afrenta de la primera dama en el
sentido de que los partidos de la oposición deberíamos abandonar las
posiciones de contralor en los entes autónomos, servicios
descentralizados y demás organismos de conducción colegiada. O la
provocación posterior e irrespetuosa del propio Mujica, que pretendió
mofarse de los nacionalistas, colorados e independientes que, con
dignidad, ejercen sus responsabilidades en esos lugares.
Tal reacción es típica de las mentes autoritarias, que no resisten la
crítica ni toleran la opinión diferente, y que consideran que ganar una
elección y ocupar el poder es detentar la suma del mismo, incluyendo la
apropiación del Estado y de sus distintos estratos de administración y
conducción.
Por eso, respetando su derecho a adoptar la actitud política que
entienda conveniente, discrepamos con la tesitura que sobre el tema
asumiera el Senador Bordaberry, porque abandonar los espacios que por
derecho corresponden es, directa o indirectamente, reconocerle a los
poderosos que los mismos les pertenecen en propiedad y la oposición, en
tal caso, los ocupa como concesión graciosa. Y nada más alejado de la
concepción republicana.
No propiciaremos ninguna batalla campal, fieles a la mejor tradición
partidaria. Como dijo Herrera, que se lleven todo, menos la tranquilidad
de la república.
Sin embargo, también siendo fieles a nuestra más pura esencia,
actuaremos con la firmeza que la hora requiere en la defensa de la
integridad nacional.
Recordando de nuevo al viejo caudillo, “cuando pase la tempestad se nos
encontrará como al árbol en el lomo de la cuchilla: más firmes en
nuestro pasado, y más seguros en el porvenir”. Habrá Nación mientras
haya Partido Nacional. Pablo Abdala
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