Columnistas 3/8/12 - Nº 119              

                 Lo que hay que hacer

 

Dr. Pablo Abdala

El país está inmerso en la incertidumbre y mal gobernado. La conducción política de la administración del Presidente Mujica es absolutamente errática, al punto tal que, por momentos, el país parece estar fuera de control.


La falta de criterio y de racionalidad es incuestionable. La incapacidad para gestionar el Estado y los recursos públicos también. En el marco del mayor crecimiento de la historia económica del Uruguay, sin embargo, asistimos a la peor etapa de los servicios sociales, lo que se advierte con nitidez en la situación de la seguridad, la educación y la salud.


El gobierno parece no saber hacia dónde ir ni qué hacer. En todos los planos se percibe eso. En la relación con los vecinos, protagonizamos un papelón mayúsculo sancionando a Paraguay e incorporando a Venezuela al Mercosur, luego de someternos a las indicaciones de la Argentina y el Brasil.


La criminalidad campea y el Poder Ejecutivo, arrinconado, no pudo más que improvisar un paquete de quince medidas inconsistentes e impracticables, entre ellas la de la legalización de la marihuana.
Sobre enseñanza y salud nada hay que probar que no se conozca, las tremendas carencias en hospitales y centros de estudio son hechos notorios.


Como si con lo dicho no alcanzara, no debe perderse la perspectiva de lo que, tal vez, resulte más preocupante: el gobierno no escatima a la hora de procurar sus objetivos, aún a costa de enajenar nuestro patrimonio más preciado, que es el apego a la Constitución y la ley.


El Frente Amplio, sin ningún prurito, ha barrido con el estado de derecho cuando le ha venido en gracia y, como confesó recientemente el Presidente, subordinó lo jurídico a lo político toda vez que lo consideró necesario. Nada más atentatorio contra la mejor tradición republicana de nuestra sociedad política.


Ante la alarmante circunstancia, solo cabe proponerse, dentro de los plazos constitucionales, pero con la mayor urgencia, relevar a quienes hoy detentan el manejo del país. Para eso, no hay más alternativas que las del compromiso, la militancia y la movilización.
Solo trabajando con ahínco, informando al desinformado, convenciendo al indiferente y contagiando al descreído, transformaremos en realidad la esperanza y lograremos lo necesario.


En estos días se vaticinó, por parte de un vocero del gobierno, que la segunda parte del período, dada la relación entre oficialismo y oposición, se convertirá en una batalla campal. No es lo que nosotros auguramos para el país ni lo que vamos a alentar, pero es evidente que si los niveles de confrontación política se incrementan en la sociedad, ello será responsabilidad principal – por no decir exclusiva – del Presidente de la República y su elenco.


Prueba de lo que afirmamos es la afrenta de la primera dama en el sentido de que los partidos de la oposición deberíamos abandonar las posiciones de contralor en los entes autónomos, servicios descentralizados y demás organismos de conducción colegiada. O la provocación posterior e irrespetuosa del propio Mujica, que pretendió mofarse de los nacionalistas, colorados e independientes que, con dignidad, ejercen sus responsabilidades en esos lugares.


Tal reacción es típica de las mentes autoritarias, que no resisten la crítica ni toleran la opinión diferente, y que consideran que ganar una elección y ocupar el poder es detentar la suma del mismo, incluyendo la apropiación del Estado y de sus distintos estratos de administración y conducción.


Por eso, respetando su derecho a adoptar la actitud política que entienda conveniente, discrepamos con la tesitura que sobre el tema asumiera el Senador Bordaberry, porque abandonar los espacios que por derecho corresponden es, directa o indirectamente, reconocerle a los poderosos que los mismos les pertenecen en propiedad y la oposición, en tal caso, los ocupa como concesión graciosa. Y nada más alejado de la concepción republicana.


No propiciaremos ninguna batalla campal, fieles a la mejor tradición partidaria. Como dijo Herrera, que se lleven todo, menos la tranquilidad de la república.


Sin embargo, también siendo fieles a nuestra más pura esencia, actuaremos con la firmeza que la hora requiere en la defensa de la integridad nacional.


Recordando de nuevo al viejo caudillo, “cuando pase la tempestad se nos encontrará como al árbol en el lomo de la cuchilla: más firmes en nuestro pasado, y más seguros en el porvenir”. Habrá Nación mientras haya Partido Nacional.  
Pablo Abdala 

 

Boletín  Electrónico de La Democracia digital

Gratuito