
Es tanta la
diferencia que tenemos con nosotros mismos, que ni siquiera captamos
cuánto hemos cambiado. Además de tener esta convicción, vamos a
decir algo que probablemente a nuestros más altos dirigentes, les
suene sacrílego: este país es antiblanco.
Primero que nada, y antes de empezar a conversar .
No importa cuán fuerte suene, porque es tan cierto que rompe los
sentidos. Remontémonos a tiempos anteriores para seguir el proceso:
los uruguayos todos, aprendimos mucha cosa desde el coloradismo, que
gobernó sin interrupciones casi un siglo; hizo un espacio de ocho
años y volvió al poder para instalarse por 7 más (luego vino la
dictadura, pactos varios y retomó de nuevo), nos dio la oportunidad
de 5 y después le pasó la posta a la izquierda en el 2005.
Decimos así, porque no es necesario demostrar que la “siniestra”
uruguaya tiene mucho de batllismo y éste, otro tanto de pensamiento
izquierdista.
Pero los Blancos somos terruñeros. Suficiente motivo éste para que
se nos diga tradicionalistas, conservadores y de derecha. Todas
nominaciones embromadamente antojadizas, pero que elaboraron un
perfil: aquel que se nos quiso dar.
Que somos de origen campero y no citadino es bien cierto. Pero el
coloradismo que transó y transó tantas veces –dentro y fuera de
fronteras- tuvo que vérselas con nosotros, aunque su tipo de fuerza
le diera variados triunfos. Era el poder, contra la defensa de lo
telúrico. Y fuimos Defensores de las Leyes y lo somos también hoy.
Precisamente es ese componente el que nos otorgó el prestigio que
nos hace prevalescer; el mismo que hace que toda vez que arde el
barco, nos vengan a buscar.
Pero ¿cómo podíamos salir indemnes de tanta tarea siempre en el
llano, es decir sin fuerza real suficiente (poder) y al mismo
tiempo, dejar en la gente imágenes mejor compuestas?
Desde el Estado se explicaban las revoluciones nuestras, como
alzamientos de gauchos brutos, ante la cultura que desplegaba el
intelectualizado grupo dominante. Como decimos, un tenaz tratamiento
peyorativo. Muy similar al que hoy prodiga la izquierda, hacia todos
quienes no estamos con ellos.
Llegada la mitad del siglo pasado, ya cabalgaban las banderas de la
izquierda con gran soltura en Montevideo primero y luego en todo el
país. Así, las cosas, pasado el segundo gobierno Blanco, surgió
radical un frente de izquierdas con alto aporte Colorado y un par de
Blancos tibios que le integraban. Es decir, contándolos a todos,
avanzaba una Inmensa porción de uruguayos con la que no teníamos
afinidades y sí, su rechazo firme.
Para mejor, exhibíamos raíces católicas, algo totalmente falto de
recibo por frenteamplistas y colorados. Fue entonces que el
“antiblanquismo” se radicalizó: ambos se disputaban –se siguen
disputando- el trono por desprestigiarnos.
Tal estado de cosas no nos destruyó, por cierto, aquí estamos,
aunque las herramientas que tuvimos, hoy no nos sirven para trabajar
para y con la gente. Se nos han vuelto mochas las tijeras; romas las
puntas; lisos sus filos.
Claro que esta
circunstancia no es privativa de los Blancos, el espectro político
entero, ha sido descalificado por el “progresismo” De tal modo que
aquello no tiene su cuño, es desatendido u observado con vuelo
rasante.
Este es el centro neurálgico del tema que queremos abordar ahora.
Estamos viendo esfuerzos importantes de altos dirigentes
nacionalistas que, de no considerar este asunto, pueden estar yendo
hacia un naufragio.
Se trata de considerar que hoy, el pueblo no Blanco, (en la casi
totalidad de sus niveles, y en porción importante), antes de
escucharnos, nos rotula, como quien ve en un frasco la etiqueta con
la calavera, dejándole donde está, sin siquiera saber qué contiene.
Por eso, hasta la envoltura del paquete que ponemos en la vidriera,
debemos detenernos a considerar. Sepamos que muchas ideas que
manejamos, pueden volverse instintivamente repelidas, ante nuestra
grifa.
Partamos de la base de que hay firmes mecanismos de defensa, frente
a toda oferta que de tiendas blancas provenga. No hay en el planteo
que ensayamos alarma gratuita; ni un ápice de exageración.
Con el panorama
así interpretado, podría ser muy acertado contar con sociólogos, que
tomen conocimiento del fenómeno (aunque con la condición que sean
libres de pensamiento y no germinados en las universidades locales).
Mejor ello, que terminar en los casilleros que nos dispongan los
burócratas para “organizarnos”, ya que desde ese enfoque, se
arriesga hasta cambiar nuestra naturaleza y pensamos que no sería lo
mejor.
Parecería que el primer paso del encare que proponemos, podría ser
intentar hacernos más visibles, para después recién, volvernos bien
audibles.
Tampoco se trata de vestirnos de frentistas, como hemos visto a
muchos dirigentes así ataviados. Sí, es necesario, aumentar la
convivencia con los más; propugnar al aumento de confraternidad en
múltiples escenarios, por ejemplo fomentando la ocurrencia de actos
culturales en todo el país, encuentros musicales; exposiciones
populares de artesanos y artistas.
No es novedad ,que lo cultural fue utilizado para el copamiento
nuestro, por lo que sería muy bueno desconstruir ese camino: Bueno,
para hacer política partidaria en este caso, y mejor para la gente,
que ya ni sabe qué cree, ni en quién, desconociendo qué cultura es
nuestra y cuál de penetración, desde el exterior.
Es básico tener claro cómo es el “hombre nuevo” que ha sido creado.
Darnos cuenta (sobre todas las cosas) qué necesita el uruguayo
actual y cómo ofrecérselo.
No será con cartelería llamativa, ni voces estridentes que hagamos
camino hacia la victoria. Es verdad que una parte de la ciudadanía,
responde a métodos así; pero esa, es gente que está libre de la
campaña de vacunación frenteamplista: y sabemos que se trata de una
minoría.
La concientización de que venimos hablando, empezó en los sesenta
con los pre-escolares; les acompañó en escuelas, liceos y toda la
trayectoria que hicieron. Se trata de cincuenta años de custodia en
libros de texto, profesores y programas, dirigidos con persistente
afán. Amén de teatro, folklore, ferias, ONG`s poetas y novelistas,
etcétera.
Tal situación va a haber que tenerla permanentemente en cuenta, para
captar resistencias y soslayos que se nos dediquen, hasta
ingenuamente y con la mayor naturalidad.
Llegado a este punto tememos -porque ya nos ha sucedido- que las
presentes reflexiones hagan suponer que se está hablando de algo
insoportablemente lento, o que de aquí a las elecciones, no hay
tiempo para ello. A eso decimos que, vayamos haciendo camino al
andar y mantengamos el alerta. Lo dicho: crear consciencia y no
distraerse, es la base del acierto.
Siempre habrá un resultado y especialmente, detendremos el largo
proceso que, hace más de cien años, se inició en nuestro desmedro. Raquel
Trobo

