Inicio

Editorial

Entrevistas

Columnistas

Información

Contacto

Columnistas  14/3/14 - Nº 152                                            

 

Las señoras de la resistencia
 

 

Daniel R. Olascoaga

 

Hace poco tiempo se nos fue Consuelo Beherens de Antía, muchos compañeros han escrito y muy bien, acerca de su figura y su militancia dentro del Partido de sus amores. Volver a homenajear a Consuelo, con todos sus merecimientos, sería llover sobre mojado.

Sin embargo, su partida nos impulsó a recordar el insustituible papel que “las señoras” tuvieron durante las duras épocas de la dictadura, como soportes permanentes de nuestra militancia juvenil en la clandestinidad.

Como siempre hemos dicho, el Partido Nacional fue el partido de la resistencia, otros podrán decir que combatieron a la dictadura igual que los blancos, pero nadie podrá decir que hizo más que el glorioso partido de Oribe, y cabe recordar que muchos de quienes hoy hacen gárgaras, hicieron realmente mucho menos.

La resistencia nacionalista tuvo muchas facetas. Además de la infatigable labor que cumplió Wilson desde su exilio y los compañeros que le acompañaron, del trabajo de miles de hombres y mujeres a lo largo y ancho del país, de la dirigencia siempre activa, del Triunvirato Delegado del Directorio del Partido, hubieron muchos nucleamientos juveniles que desde varios espacios, barriales o universitarios, que con diferentes sensibilidades y formas organizativas fueron nutriendo el viejo tronco partidario con savia nueva. Tan buena savia que la mayoría de los actuales legisladores mayores de cuarenta y cinco años formaron parte de esta historia de lucha.

En nuestro caso particular militábamos en las Coordinadoras de la Juventud del Partido Nacional, organización con implantación en diversos barrios y facultades.  Las coordinadoras comenzaron siendo la continuación, pero clandestina, de la organización territorial que el wilsonismo había tenido desde 1971, cuya militancia trascendió el acto electoral.

Luego de instaurada la dictadura, y ante los llamados tanto de Wilson, como del Directorio primero y el Triunvirato después, los blancos comenzaron a reunirse nuevamente y al impulso de jóvenes militantes se comenzó a tejer una red de coordinadoras juveniles. Si  bien es cierto que muchos de aquellos primeros integrantes de las coordinadoras de la juventud ya tenían militancia previa, nuevas generaciones se fueron sumando. Varios de los actuales legisladores comenzaron allí su trabajo político.

Fueron épocas duras, compañeros eran detenidos, tenían que exiliarse o perdían sus empleos.

No era fácil entonces  encontrar donde juntarse. En nuestro caso, las casas de familia pasaron a ser el lugar de reunión, de organización de salidas, distribución de material clandestino, etc.

Además de las casas de los compañeros del interior que venían a estudiar a la capital, que constituían un refugio seguro, tuvieron un rol importantísimo las casas de las familias comprometidas. En esas casas, las dueñas de casa, “las señoras”, madres de compañeros militantes, cumplieron un papel invalorable.

Estas señoras, que arriesgando su propia seguridad y la de sus familias nos dieron cobijo en sus hogares, no solo fueron nuestro apoyo constante en momentos difíciles, compartieron la militancia con nosotros, interminables reuniones y preparativos, fueron nuestras consejeras desde la experiencia y se comportaron siempre, con el Partido, como unas verdaderas servidoras de la causa, y con nosotros como una suerte de madres sustitutas a las cuales confiarles les confiábamos nuestras dudas y temores.

Fueron nuestro sostén en momentos difíciles, las que se movían cuando algún compañero era detenido, las que se encargaban muchas veces de calmar a nuestros padres en esas ocasiones. Podríamos llenar páginas y páginas contando situaciones que se dieron, en las cuales estas servidoras del Partido mostraron una y otra vez su compromiso militante. Creemos por ello que el Partido les debe un reconocimiento especial, máxime cuando muchos de sus actuales dirigentes fueron partícipes de esta historia.

Consciente que con seguridad me estaré olvidando de alguien, quiero recordar aquí a quienes de una u otra manera  fueron las más cercanas a nuestra militancia particular, las “dueñas” de la Coordinadora Punta Carretas, Consuelo Beherens de Antía, en su casa de la calle Ellauri, de la Coordinadora Malvín, María Francisca (Quica) Soares de Lima, en su casa de la calle Almería; de la Coordinadora Pocitos, Matilde Rodríguez Larreta, en su casa de la calle Libertad y de la Coordinadora Cordón, Nelly Suanes de López Balestra, quien acompañando a su esposo fue la infaltable anfitriona tanto en su farmacia Virtus Cordón, como en su apartamento de Rivera y Guayabo.

Estas mujeres forman parte de la más gloriosa historia del Partido Nacional y buena cosa es que les rindamos un merecido homenaje.

 

Reciba Gratis el

Boletín  Electrónico de 

La Democracia.

Pídalo aquí


 

 

Síguenos en Facebook