Columnistas 29/08/08 - Nº 32

¿Un problema europeo?


Entre los juegos olímpicos y el clásico párate veraniego del agosto europeo la situación en Georgia no ha recibido quizá la cobertura mediática que debería.
La situación actual al 25 de Agosto que es que Osetia del Sur parece que será anexado por Rusia y que hay tropas y blindados rusos en Georgia misma. Rusia promete retirarlos sin que ello se constate en los hechos.
El problema central en este asunto, si bien concierne a Georgia, sin duda no queda ahí. El problema es la relación de Rusia con lo que ellos llaman el extranjero cercano. Una curiosa nomenclatura para toda una serie de países que formaron parte gracias al despótico expansionismo Staliniano, de la fenecida Unión Soviética. Para ejemplo basta citar los países del Báltico, Estonia, Lituania y Latvia, Chechenia, Armenia, Georgia y hasta Ukrania.
Estos países muy en contra de la voluntad de la grandes mayorías de sus pueblos fueron parte de la Unión Soviética. Hoy con una creciente asertividad que sólo puede preocupar a Occidente, el gran oso ruso parecería querer volver a integrarlos a su dominio político y económico.
Cuando la dictadura de Stalin, muchos de estos países fueron receptores de considerables números de pobladores rusos que pasaron a constituir porciones significativas de su población sin realmente asimilarse a los mismos. En una acción de dudosa legalidad Rusia efectivamente ha entregado pasaportes de su país a pobladores de origen ruso en Osetia. De esta manera dando verosimilitud a sus declaraciones sobre su voluntad nada más de proteger a sus ciudadanos de las arbitrariedades georgianas.
Ésta es la misma teoría que sin ambages esbozaba Hitler cuando hablaba de los Volksdeustcher, alemanes étnicos que habitaban en gran número Ukrania y cuyos intereses el nazismo decía defender al invadir la Unión Soviética en el año 1941 Es bueno acordarse de que varias divisiones Ucranianas lucharon del lado alemán contra el opresor soviético, al igual que Rumanos, Húngaros, Polacos, Franceses y Españoles.
Rusia desde tiempos inmemoriales ha sido el poco hábil, malhumorado oso del norte que cada tanto salía de su aislamiento y xenofobia para de un zarpazo quedarse con algún pedazo de territorio que le interesaba. Siempre, desde que se ha organizado como país, Rusia ha sido expansionista por un lado y, muy importante además, nunca ha dejado de buscar un verdadero puerto de aguas templadas. El problema siempre fue su manifiesta incapacidad de estar a la altura de las circunstancias como en la guerra Ruso Japonesa, o de sus adversarios, como lo fue mayormente el imperio británico.
Rusia históricamente ha sido un carroñero territorial absorbiendo los despojos que le dejaban sus asociaciones con otros. Ejemplos de esto: Finlandia luego de la desigual guerra Ruso Finlandesa de 1938 o aún hoy, que está Rusia en guerra técnica con Japón por las boreales islas Kuriles, ocupadas por Stalin, en vísperas de la rendición nipona al final de la segunda guerra mundial.
No hay nada nuevo bajo el sol. Parecería que Rusia está jugando a lo de siempre, aprovechando la desatención de los demás para deglutir algún territorio que codicia o entiende necesario para ella.
El liderazgo ruso con sus permanentes y espurios manejos del poder y su absolutamente increíble nivel de corrupción heredado del régimen comunista, parecería estar sintiendo su condición de poder regional. El único poder mundial, de alguna manera distraído, con su mal encarada ‘guerra contra el terrorismo’, manejada por fundamentalistas de derecha con agendas propias, no le presta demasiada atención al lo que pasa en los territorios liberados de la ex Unión Soviética. ¿El resultado? El presente e incipiente desequilibrio de fuerzas en el lejano Cáucaso con todo lo que esto representa para Europa y la Comunidad Europea.
Sin embargo hay dos aspectos fundamentales que Occidente no puede y no debe olvidarse en esta coyuntura. La primera es que Rusia es nada más que un poder regional que hoy está fortalecida por su economía basada en el petróleo que vende, y segundo, que ese anárquico país tiene un producto bruto interno menor al de Italia por citar un ejemplo.
Entonces el camino del apaciguamiento intentado por Europa con trágicas consecuencias antes de la segunda guerra mundial no debe ser una opción. No debemos olvidarnos nunca que Checoslovakia en ese período tenía un ejército tan poderoso como el alemán y se le tiró sin más a las fauces Hitlerianas sin resultado alguno.
Por lo tanto Europa deberá ponerse firme ante una política expansionista rusa. Deberá como primera medida hacerle ver a ese país que esas políticas son inaceptables en un mundo interdependiente e interconectado como es el actual. Occidente deberá en plazos razonables agotar todos los caminos diplomáticos para poner fin a estos desaguisados. No podrá ni deberá nunca a priori y por desgracia desechar la opción armada que a veces es la única que funciona.
Rusia es hoy como un grandulón alcoholizado que en una fiesta quiere imponerse por la fuerza a una ex novia. Esta si no puede defenderse sola, deberá ser auxiliado por algún caballero que, propinándole un buen puñetazo al ebrio belicoso, podrá defender el honor de la dama y seguramente recoger algún favor libremente concedido en recompensa.
Nunca más apropiadas las palabras de Teodoro Roosevelt que en este caso, “habla despacio pero lleva un gran palo”.
Es fundamental que mini-guerras locales se controlen rápida y enérgicamente. De no hacerlo tienen la infeliz condición de convertirse en maxi-guerras con asombrosa facilidad. Si no, el problema de Rusia con los ex territorios soviéticos pasará a ser un problema de toda la humanidad. Esto se evitará con inteligencia y firmeza aplicadas a tiempo. No hay otro camino.

 

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