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El
Interés Nacional
y la Inserción Internacional
Desde el origen mismo de los
Estados éstos han procurado relacionarse,
variando la intensidad y calidad de esas relaciones a medida que
transcurría el tiempo.
El desarrollo del comercio fue el gran dinamizador en la historia de las
relaciones interestatales. Hoy, de la mano de la globalización, se ha
alcanzado quizás, el mayor grado de interdependencia. El mundo es cada vez
más dinámico, y los cambios son cada vez más vertiginosos e impactantes.
En este mundo debemos movernos e insertarnos. Para tener éxito en esa
tarea debemos proceder con principios y posiciones claras. Hace falta una
verdadera política de Estado. Estas son las que se basan en el consenso,
en el intercambio plural de ideas entre las fuerzas que eventualmente
ejercen el gobierno, y aquellas que también eventualmente, son oposición.
Una sociedad democrática se construye sobre el recambio en el poder, y por
ende, la determinación histórica, el rumbo, debe ser fijado por todos los
actores políticos.
Una política exterior de Estado reposa sobre la noción de consenso y
continuidad. El consenso nos precave de los vaivenes o virajes bruscos de
rumbo derivados de realidades electorales de coyuntura, y dan la
continuidad necesaria para una inserción internacional seria a partir de
la cual ganar desarrollo.
Uruguay, evolucionando de estado tapón, como pretendieron las potencias,
debe recuperar aquella noción que tan excelentemente describiera el
Profesor Washington Reyes Abadie de pradera, puerto, frontera, en una
dimensión moderna, procurando jugar un rol positivo e integrador en la
región, y desde allí proyectarnos.
Ha sido tradición del país una postura internacional clara y definida, sin
embargo, a partir de este gobierno, ha predominado una visión ideologizada
dando lugar a una política de Gobierno, por oposición a política de
Estado.
El elemento clave a partir del cual podemos generar una política exterior
de Estado es el interés nacional. Ese es el gran motor que deben tener las
relaciones internacionales, en particular para un país de las dimensiones
del nuestro.
Cuando referimos a interés nacional no lo hacemos en su sentido abstracto,
genérico, por el contrario, es tan concreto como las necesidades, las
aspiraciones y el sentir de un pueblo. Ese interés nacional es el que
resiente cuando se lo deja de lado y se priorizan otros criterios.
Las relaciones intra-región fueron testigo de una visión ideologizada,
alejada del interés nacional. Así, al amparo de supuestas afinidades
ideológicas, se dejó de lado nuestro interés nacional, y mientras un
“gobierno progresista amigo” toleraba se violara el Derecho Internacional
y los Tratados del MERCOSUR impidiendo el tránsito libre en los puentes
del litoral, otro “gobierno progresista amigo” se hace el distraído.
De esto surge en claro que los países no tienen amigos, tienen intereses,
y en función de ellos, de compartirlos, pueden adquirir la relación de
socios, y en base a ellos actuar en conjunto.
Uruguay no puede basar su inserción internacional en afinidades o
amistades, no aspiramos a generar amigos –tampoco enemigos-. Por ello
debemos bregar por tener relaciones internacionales al amparo del Derecho
Internacional y evitar sociedades con visiones confrontativas como la que
propone Venezuela.
En la región Uruguay debe afrontar la relación de vecindad con nuevas
dimensiones. Debemos asumir una nueva vecindad. Nuestro país no es
prioridad para ninguno de los vecinos, pero no podemos permitir ser
desconocidos.
La relación de vecindad de Uruguay es fuertemente asimétrica. No se trata
solo de la dimensión de los países vecinos, sino de la gran diferencia de
los efectos de eventos o medidas económicas en una u otra dirección.
Mientras que lo que suceda en Uruguay no tiene la posibilidad de afectar
mayormente las economías de Argentina y Brasil, lo que acontece en éstas
tiene contundentes efectos en nuestra economía.
Hay proyectos prioritarios para nuestro país que dependen de la
participación activa de los países vecinos. La promoción del Uruguay como
plataforma logística para el transporte y el comercio del Cono Sur es
probablemente el caso más notorio, pero no es el único.
Para el Uruguay el Mercosur significó la posibilidad de canalizar las
relaciones de vecindad en un marco político y operativo más estable,
predecible y administrable. Si bien no sería una solución total para la
vulnerabilidad de la economía uruguaya, al menos condicionaría las
conductas de los gobiernos y permitiría una mayor previsión y control de
los efectos de eventos económicos.
Sin embargo, el Mercosur no podrá jugar ese papel mientras no se encare
una efectiva armonización de la gestión macroeconómica, se respeten
estrictamente los compromisos de acceso a mercado, se profundice la
armonización de los distintos elementos que regulan o inciden en el
funcionamiento de los mercados y se llegue a un acuerdo sobre reglas en
materia de inversión. El gran desafío es cómo regular una relación
fuertemente asimétrica, con vecinos inestables de forma de captar los
beneficios y administrar los riesgos.
El Mercosur no resultó hasta ahora ser el instrumento que permita
contemplar las necesidades del desarrollo económico del Uruguay y
justifique ser el eje de la inserción externa de nuestro país.
Sin embargo, abandonar el Mercosur no parecería ser una opción.
Debemos promover soluciones para las situaciones planteadas actualmente en
materia de comercio e inversiones, en el marco de un proyecto de Mercosur
efectivo y creíble, y al mismo tiempo buscar alternativas para superar las
limitaciones derivadas de una prolongación de las indefiniciones e
incertidumbres actuales.
La integración regional sigue y debe seguir siendo la mejor opción
política y económica para el Uruguay. Pero el futuro del país debe
proyectarse sobre realidades y sobre las posibilidades efectivas de
transformarlas, y no sobre utopías y voluntarismos.
Uruguay tiene un rol claro en la región, promoviendo la integración y
haciendo de ella un instrumento eficaz para un desarrollo sostenible.
La sustentabilidad del desarrollo de Uruguay requiere consolidar una
economía de vecindad con Brasil y Argentina y, al mismo tiempo, apoyar en
el acceso a los grandes mercados de terceros países. No se trata de optar
entre la integración regional y la apertura económica con terceros países.
Al contrario, ambas cosas son imprescindibles y necesarias.
La nueva dimensión global se estructura más que en regiones propiamente,
en bloques económicos y comerciales.
Nuestro país tiene aportes cualitativos para hacer al escenario global;
seguridad jurídica, certeza de rumbo, respeto al Estado de Derecho, y
enfoque moderno de la inserción internacional, independizada de prejuicios
ideológicos, enfocados en proteger el interés nacional.


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