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Con el corazón ligero
"Lo difícil, a veces angustioso, es elegir el camino.
Pero después de hacerlo,
todo se vuelve fácil, y podemos recorrerlo con el
corazón ligero."


El próximo lunes 15 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la muerte
de Wilson. El momento, las circunstancias, hacen muy oportuno la relectura
del un editorial que escribió en La Democracia en momentos particularmente
difíciles. Fue un 31 de julio de
1987, conociendo ya la gravedad de su enfermedad y a punto de partir hacia
Estados Unidos donde recibiría el diagnóstico definitivo.
Contiene algunas referencias que tal vez no sean de fácil decodificación
para los más jóvenes, para quienes no conocen o no vivieron las peripecias
del partido en aquellos primeros años pos dictadura.
No obstante, este editorial de Wilson, sigue marcando rumbos y
despertando emociones, porque está lleno de vida, de energías positivas, de
futuro. Así nos gusta recordarlo.
HASTA LUEGO
“En su edición anterior, y nada menos que en la tapa, nuestros lectores
recibieron la promesa de que yo escribiría el editorial de hoy. Y voy a
cumplirla cuando faltan pocos minutos para emprender un viaje, aunque me
cueste un poco más que de costumbre, porque lo había prometido y porque no
encuentro mejor modo de asociarme a la alegría de ver como, contra viento y
marea y a pesar de todos los pesares, LA DEMOCRACIA inicia su séptimo año de
vida.
Se trata, realmente, de un feliz aniversario, porque miramos hacia atrás y
sólo encontramos motivos de orgullo: podemos decirlo sin pecar de vanidosos.
Durante los tristes tiempos de la dictadura, no la combatimos con más valor
o mayor empeño que los otros uruguayos cabales que la enfrentaron desde
todos los sectores de la opinión nacional, pero tampoco nadie nos aventajó
en un solo paso. No hay en LA DEMOCRACIA director. Redactor o colaborador
alguno que no ostente con orgullo el galardón de la cárcel o la
arbitrariedad. Y fue merced a su entrega generosa y a la admirable fidelidad
de sus lectores que el semanario superó clausura tras clausura y persecución
tras persecución, capeó la ruina económica, y es hoy el semanario con más
larga vida en la historia de la República.
Cuando, luego, la historia y la gente señalaron que las horas de la tiranía
se habían terminado, fuimos los únicos en expresar –los únicos, si, ¿por qué
no decirlo si todos saben que es verdad?, que el país estaba por pagar
precio demasiado alto por lo que ya nada valía, y en denunciar los riesgos
que para la deseada afirmación institucional suponían las concesiones
expresas o tácitas contenidas en los pactos, prepactos, acuerdos y
preacuerdos concertados a espaldas de la Nación y –quizás por eso y para
eso- prescindiendo deliberadamente de su fuerza política mayor y de más
larga historia. Fuimos los únicos, afirmamos, pero no pensando en éste
nuestro semanario, sino en el Partido Nacional, portavoz entonces, como
siempre, de la conciencia de la nación.
Cuando finalizó el restringido proceso electoral, fuimos también los
primeros en ponernos al servicio de la institucionalidad recuperada y
comprometernos a su defensa. Pudimos no haberlo hecho, y de haber consultado
los agravios que ardían, y ardían muy vivamente, en nuestros corazones,
nuestras actitudes hubieran sido muy distintas. Pero no hubieran sido dignas
de buenos uruguayos, y por lo tanto tampoco dignas de buenos blancos. En eso
estamos y seguiremos estando: colaborando en todo lo que al país le sirva,
yb tratando de evitar, si es que podemos, que ocurra o se haga aquello que
le cause daños o mate esperanzas.
No siempre ha sido fácil hacerlo comprender. A veces, la tarea llegó a
parecer imposible, tanto fuera como dentro de nuestras propias filas. El
partido de gobierno, o por lo menos muchos de sus responsables, incurrieron
repetidamente en el error de confundir patriotismo con debilidad. Y entre
nuestros compañeros, no fueron pocos los que no supieron impedir que una
impaciencia muchas veces generosa alterara la serenidad de su juicio.
Lo difícil, a veces angustioso, es elegir el camino. Pero después de
hacerlo, todo se vuelve fácil, y podemos recorrerlo con el corazón ligero.
Tenemos la seguridad de haber asumido, ¡no las culpas, válgame Dios!, pero
si una realidad que otros crearon e impusieron. Y sabemos también, como
todos, absolutamente todos, que así ayudamos a la República a salvar un duro
trance, impidiendo la posibilidad, que era certeza., de vivir nuevamente
horas que no deberán repetirse nunca más. Y si algún día, para juzgar cómo
ha incidido LA DEMOCRACIA en la suerte del país, hubiera que elegir un único
hecho, un solo episodio para poner en la balanza, no vacilaríamos en elegir
esto a que venimos aludiendo, porque fue lo más difícil, lo más generoso y
lo menos teñido de pasado y más cargado de futuro.
Nuestra tarea, ahora, es asegurar el indispensable triunfo electoral del
Partido Nacional en las próximas elecciones. Para nada serviría obtenerlo en
razón de los errores del adversario, y resultaría indecoroso si para
lograrlo apuntáramos a la infelicidad de la República y de su gente. La
única victoria que vale la pena es la que se consigue embarcando al país
entero en una enorme y arrolladora ola de esperanza compartida. No avivando
enconos, sino alumbrando alegrías. En todos, aun entre quienes pudieran
creer que han sido derrotados.
Quien sepa algo de la tan desconocida historia de esta tierra, sabe también
que ésta es y ha sido siempre la tarea del Partido Nacional.
Desde luego, no podrá cumplirla sin una unidad indispensable para obtener la
victoria, pero después y sobre todo, para poderla usar. Un partido dividido
puede ganar una elección, pero no valdría la pena porque no podría si sabría
gobernar.
Afortunadamente, el Partido Nacional es hoy una columna sólidamente unida en
sus bases, sus militantes, sus millares y millares de blancos tan anónimos
como de ley; lo que a veces afloran sin discrepancias, las más de las veces
personales, entre algunos dirigentes de variada significación, pero no hay
que exagerar su trascendencia ni su incidencia real en la vida y el
funcionamiento de la colectividad.
En las columnas de este semanario no se ha escrito ni se escribirá jamás
ataque alguno dirigido directa o indirectamente contra compañeros
nacionalistas, cualquiera sea el sector en que militen. Nuestros adversarios
andan por otro lado, y no los tenemos ni los queremos tener dentro del
Partido Nacional.
LA DEMOCRACIA inicia éste su séptimo año de vida con un nuevo rostro.
Trataremos de reflejar también en sus páginas interiores, todo lo que de
imaginación, empuje, optimismo y cordialidad los blancos y el país entero
están reclamando. Por lo menos, pondremos empeño en conseguirlo.
Y una cosa sí sabemos: que así como en el Uruguay hay blancos desde hace
ciento cincuenta años y los seguirá habiendo por mucho más tiempo que ese,
serán también innúmeros los aniversarios que celebrará LA DEMOCRACIA,
gracias a la multitud de sus lectores.
A ellos, por toda la solidaridad y el cariño que nos han hecho llegar
siempre, nuestra gratitud y un abrazo de todo corazón.
Hasta pronto, si Dios quiere.”
W.F.A.

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