Columnistas 27/08/10 - Nº 76

Preguntas necesarias

Dos o tres años atrás a nadie -o a muy poca gente- le pasaba por la cabeza que José Mujica, alias el Pepe, pudiera un día ser Presidente de la República. No pasaba por la cabeza de nadie, ni fuera del Frente Amplio ni dentro. Ahora nos vamos acostumbrando al hecho pero persiste una sorpresa de fondo, que se renueva por diferentes motivos, como por ejemplo la evaluación que del resultado electoral está haciendo el Partido Nacional.

Por eso mismo, porque sigue siendo un enigma, se siguen tejiendo hipótesis y desarrollando conjeturas sobre las causas que expliquen ese triunfo electoral que no estaba en las previsiones de nadie dos o tres años atrás. Se han ofrecido algunas explicaciones erradas y otras que no explican nada. Entre las primeras –las explicaciones erradas- se encuentra aquella que dice que Mujica ganó porque con su pinta y su modo de hablar conquistó un tipo de electorado que, para abreviar, caracterizaré como el barrio Borro. El error de esta explicación no es sociológico ni político sino fundamentalmente aritmético. Los votos que Mujica cosechó, en el Borro y en todos los lugares equivalentes del Uruguay, no llegan ni al 25% del total. Para que esta teoría resulte aceptable tiene que explicar el otro 75% de los votos, es decir, la inmensa mayoría.

La otra explicación, la que no explica nada, es la que dio Caetano la noche del escrutinio. Dijo: lo que pasa es que el electorado uruguayo ha cambiado mucho. ¡Obvio! Pero mientras no me indiquen cuál es el cambio no me han dicho nada.

Lo que ha cambiado es el Uruguay y eso es lo que hay que investigar. No me interesa descifrar el enigma de Mujica sino en tanto sirva para entender qué cambios se han operado en nuestro país. Creo, como lo he desarrollado en otras oportunidades, que el interrogante de fondo se formula así: ¿Cómo y por qué se produjo lo que dos o tres años atrás a todo el mundo le resultaba impensable? ¿Es imputable a una magia especial de Mujica o a un cambio del Uruguay? Y aceptando que puede haber un poco de cada cosa ¿cuál es ese cambio del Uruguay?

El 19, 20 y 21 de agosto tuvo lugar en Montevideo un congreso regional de psicoanálisis. Asistí a la sesión inaugural. ¿Qué tiene que ver esto con lo anterior? Ya se verá.

El Dr. Daniel Gil expuso los conceptos que siguen. El psicoanálisis, dijo, no ha estado atento a los cambios que han acontecido en la sociedad. Hasta hace unos pocos años la familia era considerada la base de la sociedad. (La Constitución uruguaya, agrego yo, incorporó ese concepto que, por otra parte, era universalmente predicado y aceptado). El famoso antropólogo C. Levi-Strauss definía, cuarenta años atrás, a la familia de la siguiente manera: la familia tiene su origen en el matrimonio, incluye al marido, la esposa y los hijos fruto de esa unión. Pero eso ya no es así o lo es cada vez menos. Quiere decir que aquella definición no se ajusta más a la realidad. Cada vez hay más niños sin padre y mujeres sin cónyuge. El problema del padre, prosigue Daniel Gil, se ha convertido en uno de los interrogantes más significativos. Engendramiento no es lo mismo ni equivale a paternidad. La filiación refiere a la paternidad y no al engendramiento. ¿Qué pasa si desaparece la paternidad?

El padre, en la cultura occidental, ha sido el eje de la sociedad patriarcal, pero como el padre supuestamente es padre de alguien y esposo de alguien hay que ver cómo se relacionan entre sí esos tres elementos de esa estructura llamada familia. Y desde la mirada más superficial, sigue diciendo el Dr. Gil, se comprueba que el padre ha sido destronado del lugar que ocupaba en Occidente hasta hace pocos años. He aquí el cambio de mentalidad y el cambio social más grande acaecido en la cultura occidental. Ese cambio social está íntimamente vinculado a progresos científicos y tecnológicos propios de esta época: la píldora anticonceptiva y la fecundación artificial.

Alguien que haya leído hasta aquí podrá preguntarse, quizás fastidiado, ¿qué tiene que ver todo esto con Mujica y los cambios del Uruguay? Creo que mucho y habrá que empezar a tomarlo en cuenta. La figura paterna es (o fue) el paradigma de la autoridad, el símbolo del mando y del poder. La política, en una república democrática, es la negociación civilizada y ajustada a pautas convenidas para llegar al poder y para ejercerlo. Autoridad, dominio, poder ¿nada tiene que ver con la política?

Ahora bien, si el padre ha sido desplazado de su lugar central, eso quiere decir que el concepto de autoridad, los paradigmas de autoridad, los símbolos de la autoridad, el estilo de ejercicio de la misma, los entornos, el lenguaje apropiado y mil otros aspectos vinculados con la autoridad (y, por consiguiente, vinculados con la política) han cambiado. Eso supone –o por lo menos nos abre a la sospecha- de que los mecanismos culturales presentes y operantes en una sociedad del siglo XXI para elegir a quién se quiere para gobernar también han cambiado. Dicho desde otro punto de vista: cincuenta años atrás ningún uruguayo imaginaba siquiera que un día sería Presidente un ex guerrillero pobremente vestido, contradictorio en su discurso y destrozador de la sintaxis castellana que las dedicadas maestras varelianas inculcaban en las escuelas públicas del país. Y cincuenta años atrás ningún estadounidense hubiera imaginado siquiera que su país iba a elegir como gobernante a un negro flaco, sin antecedentes políticos de importancia, sin fortuna personal y con antepasados asiáticos.

No sólo hay rasgos (personales, culturales, institucionales) de la autoridad que la sociedad contemporánea ya no reconoce sino que hay otros rasgos que las sociedades de hoy han empezado a preferir en quienes se disponen a aceptar (o elegir) como autoridad (aunque como autoridad cada vez más acotada, porque ese también es un resultado del cambio cultural de la figura paterna).

Dicho todo esto sólo hemos llegado a la mitad del camino. Los conceptos hasta aquí esbozados (sumarísimamente) nos proporcionan elementos un poco más sólidos para entender la sorpresa electoral del año pasado. Pero falta todo el resto del camino: identificar y descifrar cuáles son exactamente esos cambios en torno a la autoridad, el mando, el poder, etc. que el desvanecimiento de la figura paterna ha producido en la sociedad uruguaya (la cual, por otra parte, forma parte, aunque en un suburbio pobre, de la cultura occidental que muestra las mismas transformaciones).

No abogo por una política camaleónica, sin convicciones, que sólo tenga deseo de agradar a la gente para cosechar votos; prefiero aquella que arde en un deseo de entender al país, (el cual, sabiéndolo o no, espera de la política una voz y no un eco).

En resumen: después de haber desmontado la sorpresa por la elección de Mujica, tenemos el camino un poco más despejado para profundizar en la pregunta de fondo ¿cómo es el Uruguay de hoy, el que eligió a Mujica presidente? Hermoso desafío, a la vez intelectual y político.

 

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