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Wilson, en la Explanada Municipal,

en la madrugada del 2 de diciembre de 1984

La hora de su mayor grandeza

 

Para los jóvenes que no lo vivieron, para quienes lo hayan olvidado, para aquellos que no nos cansamos de releerlo, volver al discurso que pronunció Wilson a pocas horas de su liberación del cuartel de Trinidad, desde la Explanada Municipal de Montevideo, es un ejercicio tan gratificante como imprescindible. Por eso, en este número de La Democracia, en el que nos asociamos a los numerosos actos en conmemoración del vigésimo aniversario de la muerte del gran líder del Partido Nacional, lo transcribimos íntegro. Vale la pena repasar aquella lección.

 

 

Queridos compañeros: es casi un lugar común comenzar las palabras en una ocasión como ésta o similar, haciendo referencia a la emoción que embarga al que habla. En mi caso hoy no hay nada de fingido o elaborado, ni siquiera de pensado, en esta expresión que hace referencia a la emoción profunda que me sobrecoge y por qué no voy a confesarlo: me llena los ojos de lágrimas.
Este es el reencuentro con mi pueblo. Llego hoy, hoy al Uruguay, porque hace cinco meses y medio lo que pude ver de mi patria salvo algunos uruguayos que lejos y en las azoteas agitaban banderas y no sólo de mi partido, fueron “containers” apilados para impedir que la gente accediera a ver la flota del Estado desplegada para recibir a una familia.
Y luego de cinco meses y medio de un enclaustramiento solitario bajo regla de silencio, casi me he olvidado de hablar. Voy a tratar de reaprender hoy dirigiéndome a ustedes.
No crean que voy a hacer referencia alguna a estos cinco meses y medio que he pasado en una prisión de la dictadura.
Que ha pasado mal, que nadie crea que en la cárcel se pasa bien. Que he pasado mal, repito, en enclaustramiento solitario y con prohibición absoluta de que se me dirigiera la palabra. Pero yo sería un osado y un inconsciente si hiciera referencia a la cuota de sufrimiento personal de un hombre que, no tiene más remedio en este país en que vive, de comparar ese sufrimiento que es pequeño y deleznable al lado del terrible que han sufrido decenas de miles de compatriotas.
Yo faltaría al respeto que me debo y el que debo a ustedes si midiera mis meses de prisión comparándolos con los años que otros grandes uruguayos han debido soportar por los mismos delitos, es decir, por decir en voz alta su verdad y por pensar libremente.
Así que éste no es mi tema hoy. No voy a hablar de esas cosas. Me voy a permitir a hacer con ustedes algunas reflexiones sobre los momentos que vive el país, sobra la situación política del país, sobre la circunstancia que atraviesa mi partido y sobre lo que puede esperar de mi partido el nuevo Gobierno que se instalará el 1º de marzo presidido por el Dr. Julio María Sanguinetti.
Algunos compañeros y muchos se apresuraron a preguntarme en el momento mismo que trasponía las puertas del cuartel de Trinidad: a qué razones atribuía yo la derrota electoral de mi partido en los últimos comicios de noviembre. Y en todos los casos he contestado: a mí puede preguntárseme a qué atribuyo yo la victoria del Partido Colorado. Pero ¿derrotados nosotros? ¿ A quién se le puede ocurrir que el Partido Nacional esté derrotado ?
Nosotros hemos luchado contra la dictadura desde el mismo día en que se instauró, pero hemos luchado por las libertades públicas desde el día mismo en que se fundó la Patria.
Para nosotros este es un episodio más de la pelea, que por la libertad se pelea siempre porque nunca está definitivamente conquistada. Para nosotros la lucha comienza todos los días de nuevo y por lo tanto, comienza hoy.
Y no voy a ponerme aquí a analizar los factores que han determinado este eventual contraste electoral. Importa poco. Todos los partidos, aún los gananciosos, hacen autocrítica y análisis y se preguntan por qué sacaron tantos votos y por que razones se cometieron algunos errores que de no haberlos cometido podrían proporcionarles muchos votos más. Nosotros también, por eso hay que hacer la autocrítica.
Y aún sin ánimo de entrar en análisis pormenorizado, quién puede ignorar que nosotros perdimos muchos votos porque le dimos a la opinión pública una sensación errática de cambio de frente, zigzagueo en las posiciones, de no saber nunca con precisión en que andaban los blancos que cambiaban de caballo en medio de la correntada.
Claro que para ser justos, habría que agregar que esas fueron las consecuencias a las que nos obligaron los demás.
Claro que hicimos zigzags. ¡Si teníamos un candidato proclamado a la presidencia de la república proclamado por la casi unanimidad de la convención del Partido y lo tuvimos que cambiar! y no se conformaron con decir que no, sino que además lo metieron preso.
Y tuvimos la inmensa solidaridad de nuestro partido y la solidaridad de gente que no compartía nuestros ideales y que militaba bajo otras banderas. ¡Pero digamos todo! Esas solidaridades fueron disminuyendo en tono e intensidad a medida que se acercaba el acto eleccionario. Fueron disminuyendo en tono e intensidad.
Y comenzaron a señalarse las nuevas contradicciones y marchas y contramarchas. ¿Cómo es esto de que denuncien la ilegitimidad del acto electoral y después concurran a él? ¿Pero qué querían? ¿Que arriba de cambiarnos el candidato, de meternos preso, querían que no votáramos?
Olvidando además que toda la historia del Partido Nacional es la historia de comparecer a elecciones cuya legitimidad desconoce, para luchar desde adentro con las posiciones que conquiste para la rectificación de los errores pasados; para la recuperación de la legitimidad; para devolverle al país la vigencia del derecho.
¿O acaso Lavandeira cuando moría en el atrio de la Matriz andaba legitimando las elecciones del negro Belén? ¿Acaso cada vez que uno de nuestro partido comparecía a elecciones convocadas por una dictadura, y muchos casos de ellos hubo en la Historia del país y el hecho no fue el nuestro precisamente fue a denunciar la ilegitimidad del régimen dictatorial y aprovechar las pequeñas ventanas que abría para combatirlo de adentro en la forma que se pudiera? Pero todo esto, para nosotros era contradicción. Era tira y afloja. Y gracias a Dios, después de insistirle mucho a una Convención que se negó categóricamente a aceptar la renuncia de la candidatura con que me había honrado, y créanme qué gran esfuerzo tuve que hacer yo para vencer las resistencias y a pesar de la influencia que pudiera tener, la Convención dijo ¡NO! Porque era difícil para un partido político hecho todo de hidalguía y de altivez, aceptar que el superior gobierno le enmendara la plana y le dijera “no, este que quieres tú que sea tu candidato, pero nosotros no te lo permitimos”.
El partido, el partido que había dicho que no porque no podía decir otra cosa, se vio conminado luego a decir que sí y proclamó una fórmula de alternativa después de haberse negado a ello.
¡Y gracias a Dios parece que el destino velara sobre la suerte de las colectividades en los momentos difíciles de la historia, gracias a Dios, encontró un candidato que hubiera sido el más grande de los presidentes de la historia del país!
Pero a un candidato hay que hacerlo conocer; 90 días antes de las elecciones el candidato del Partido Nacional era conocido sólo por sus amigos, por sus colegas, por profesionales o granjeros, por la gente del reducido núcleo territorial donde desarrollaba su actividad o en el ambiente de las cooperativas agropecuarias. No es fácil frente a otros candidatos que llevan 20 o más años en el ejercicio directo de la actividad política, de los cuales la gente sabe quienes son, imponer un candidato al cual la gente empezó a conocer faltando 30 o 40 días para la elección. Fue recién al final que los uruguayos advirtieron que tenían en Zumarán un hombre de estado y además un hombre de bien, provisto de esa relación, con la multitud, de confianza recíproca. Teníamos en Zumarán uno de esos hombres a quienes basta mirarlo a los ojos para creer en los que nos dice. Pero muy probablemente, llegó tarde.
Yo podría decirles a ustedes todas las razones. Podría decirles cómo el régimen se empecinó en considerar a nuestro partido su principal enemigo, cosa en la que no se equivocó. Y podríamos decirle en qué manera hizo eso, en forma en que incidiera de manera directa en el resultado de las elecciones.
¡Pero no son éstos los argumentos fundamentales!
Hay que hablar claro y no engañarse. Toso esto no basta para justificar nuestro contraste electoral, que no es tan grande como por ahí se anda diciendo, que por mucho más nos ganó Gestido en cifras absolutas, absolutas y proporcionales. Y por mucho más le ganamos nosotros a Luis Batlle tanto en cifras absolutas como proporcionales.
Esto es moneda corriente en la historia política del país, y el que por estos volúmenes de votos, gana, mañana por el mismo volumen de votos pierde.
Pero aún así hay que hacer un esfuerzo para saber cuáles pueden haber sido las razones fundamentales que determinaron este resultado electoral.
Aparentemente la contestación más sencilla es decir que nosotros empezamos a dejar de usar la ley de lemas antes de haberla derogado. Los nuestros estaban todos, eran otros los que faltaban.
A mí me hace mucha gracia y quizás me dé un poquito de rabia oír el argumento de algunos que dentro de nuestras filas andan por ahí diciendo que la culpa de la derrota no está en aquellos que sacaron pocos votos, o ninguno, sino en aquellos que sacaron votos. Esto no es novedoso en nuestro Partido. Autoridad más grande que la de todos nosotros juntos, que fue la de Saravia, dijo en ocasión similar: “déjenlos que se vayan, que lo que se va es la cáscara. El cerno queda.” Idea similar expresaba Herrera cuando en momento crucial para la vida del Partido y del país recogía aquella vieja frase de un discurso que se hizo célebre y repetía: “las nubes pasan pero el azul queda.” Pero con todo, esto muestra la cifra pero no explica cual fue la razón por la cual una gran cantidad de nacionalistas votó bajo el lema Partido Colorado. La explicación más sencilla es que nosotros nos quedamos sin derecha. Que la derecha que tradicionalmente militaba dentro del Partido Nacional optó por votar la gran derecha dentro del Partido Colorado. Y la explicación no anda muy descaminada pero creo que también es insuficiente. Yo tengo la impresión, digámoslo con claridad, de que nosotros sostuvimos un estilo, tuvimos una visión del país que no coincidió con la propia visión que del país tenían mayoritariamente los uruguayos. Nosotros vimos la realidad nacional con ojos diferentes, que aquellos con los que la miró el pueblo oriental en su mayoría.
La solución más sencilla hubiera sido cambiar para amoldarnos a lo que la gente quería. Pero nosotros no somos de aquellos que cambian de pensamiento con tal de ajustar mejor los resultados electorales. Nosotros somos, nosotros. Ninguno de nosotros ignoró, porque por ahí andan las encuestas, de que las tres cuartas partes de los uruguayos eran partidarios del Pacto del Club Naval. Nosotros fuimos los únicos que nos plantamos frente al entendimiento del Club Naval y dijimos no. Y yo no estoy afirmando que sea la razón absoluta, ni atribuyendo móviles desdorosos a aquellos, que la única salida para la actual situación dictatorial era esta de la transacción que entendían honorable y que permitía la realización de las elecciones que efectivamente se realizan, a pesar de que en el camino quedaran algunas de las pilchas del apero. A pesar de que en el camino, bueno, por primera vez en la historia de la República, a un partido le prohíben presentar su candidato. Pero si el precio que había que pagar era ese, yo hasta lo justifico -no lo hubiera hecho- que algunos hubieran dicho el interés nacional y hasta la apertura misma es más importante que cualquier otra cosa, vamos a hacerlo que tiempo habrá después para enmendar y restañar las heridas, pero por lo menos vamos a conquistar las libertades que nos han quitado y vamos a restituirle al país un clima en el cual podamos como hoy reunirnos a decir lo que pensamos; cosa que hasta hace muy poco nos estaba prohibido. Pero debajo de esto hay una cosa más profunda y mucho más trascendente. Yo creo que todos los partidos políticos del país olvidaron al diseñar sus tácticas, su estrategia electoral, la profundidad de la crisis que está agobiando al país. Tengo la seguridad que fuimos los únicos que asignamos a la crisis una profundidad tan tremenda que pone al país al borde de un volcán. Nosotros estamos terriblemente asustados de la situación nacional. Y porque estamos asustados propusimos soluciones que salieron inmediatamente por ahí a calificar de aventureras, de noveleras, de improvisaciones. Nosotros creímos que el país tiene que hacer un alarde de imaginación y tenía que lanzarse a una aventura, a una hermosa aventura. Yo creo que un partido que creyó que reiterando las viejas fórmulas pragmáticas que han fracasado una y mil veces en el país para entender circunstancias menos graves que ésta, que aplicando sentido común y una cierta bonhomía en la conducción de los asuntos públicos bastaba para que todos los problemas se enmendasen para que la gente recibiera primas para alhajar la casa en el momento de casarse. Y para que por sí sola despareciera la deuda externa que todos saben que no podemos pagar aunque queramos pagar, que bastaba con que le hiciéramos buena letra a los acreedores extranjeros y obtuviéramos, no quitas, porque quitas no otorgan, sino una espera aquí y una espera allá a ver si por parte de un milagro, algún día, la simple evolución de los criterios tradicionales podría enmendar la tragedia económica que el país estaba viviendo.
Pienso que hubo otro sector político que en el fondo sin criterio pero llevado por su estrategia electoral terminó dejando de lado este objetivo fundamental y puso el acento en la conquista de la alcaldía cuando ése no podría ser el gran instrumento para salvar a la República de su terrible crisis.
Nosotros, digámoslo una vez más, creemos que cuando la situación reviste la gravedad que reviste aquella por la que el Uruguay atraviesa hoy, esto no se arregla sin cirugía, no es con cataplasma y nosotros que fuimos tildados un día de imprudentes aventureros, enfrentamos a un país que quería soluciones de prudencia, un país que como sucede normalmente después que sale de un sacudimiento, quiere la normalización de la vida con el menor trauma posible y la gente comenzó a ilusionarse y bueno, gracias a Dios todavía no ha perdido la capacidad de ilusionarse y de conseguir esperanzas. Perdidos estaríamos el día que los uruguayos ya no las tuviéramos.
Pero llevados por la esperanza la gente creyó que bastaba con restituir las libertades públicas ahora en forma más o menos limitada y ni siquiera pongo el acento en esto que el pacto establece, la gente creyó que esto de poder votar y elegir su gobierno y salir a la calle y recuperar la autonomía universitaria, que todas estas recuperaciones de libertades bastaban para que saliéramos del marasmo. Y no es así, no es así. ¿Alguien puede soñar que un país que necesita duplicar, y duplicar en breve plazo, sus exportaciones agropecuarias, puede acometer la tarea olvidando que la mitad de su superficie está trabajada en régimen de arrendamiento y esos arrendamientos no cuentan con la posibilidad de planear su explotación ni hacer inversiones porque no tienen la posibilidad de que se les restituya al final del contrato? ¿Alguien cree que el Uruguay pude duplicar las exportaciones agropecuarias si esa mitad de su tierra explotada en términos de arrendamientos está sometida a un régimen que prorroga el arrendamiento a corto plazo, sucesivamente, hasta extremos que prácticamente desposeen al propietario de lo que precisa, porque se trata de plazos breves, no permite planear las inversiones y obliga a trabajar la tierra mal y sin incorporación de mejor tecnología? ¿Alguien cree que se pueden duplicar las exportaciones de Uruguay cuando la tierra se nos está yendo del sector no demasiado grande pero socialmente trágicamente afectado de Canelones, donde basta caminar por los senderos laterales y ver que alambrados separan escalones de hasta un metro, porque de uno de los dos lados la tierra se fue llevada por el viento o por la lluvia? ¿O que la tierra es esquilmada porque el hombre que tiene que vivir de ella no tiene la superficie indispensable como para extraer de allí el sustento de su familia?
Y este problema del minifundio que es una tragedia nacional auténtica, que no afecta un enorme porcentaje del territorio nacional, pero que afecta un tercio de los productores del país, este problema debe solucionarse de dos maneras: bueno, o fusilando a los minifundistas o reubicándolos, que son agrícolas experientes en campos minifundistas.
El Uruguay necesita un régimen impositivo que condicione la explotación de la tierra a su administración. El Uruguay necesita un régimen que condicione la permanencia en tierra ajena como empresario, al buen desarrollo del cultivo. Y esto sucede en todos los países del mundo, y es en Inglaterra, los gobiernos conservadores, conservaron soluciones por las cuales puede desalojarse a un arrendatario simplemente porque no preserva bien sus cosechas, simplemente porque no usa reproductores de buena calidad.
Y nosotros que vivimos sólo de eso, vamos a resignarnos a no abogar de una vez por todas por esto que es económicamente indispensable, porque si no, el país se nos funde, pero que es además socialmente indispensable porque el país no puede ser estable si los propietarios de su suelo son cada vez más pocos, y además en mayor medida cada día más gringos. Este país no puede aspirar a una sociedad armónica mientras no se dote de multitud de pequeños propietarios de tierra de dimensión óptima, pero que no vean el horizonte lejano sin una sola puerta de rancho, no; que vean vecinos. Y que constituyan una clase y que traten de desarrollar la posibilidad de una vida social digna y no como ahora, condenándose a vivir en tierra ajena, que es la peor de las soluciones, o vivir en pueblo de ratas, que es malo, aunque quizá no sea peor que lo otro.
Nosotros hemos visto cómo el sistema bancario nacional ha ido succionando la riqueza del país y apoderándose y menguando lo interno para distribuirlo no con criterios acordes con el interés nacional, sino con los sectores de mayor rentabilidad, que a veces son los de la especulación, que no tiene por qué ser y que a veces no son los que coinciden con el interés nacional.
Y nosotros propusimos soluciones menos drásticas que las que habíamos propuesto para 1971 porque en el 84 la escasez de recursos del estado nos inhabilitaba para hacer algunas cosas que era la estatización del sistema bancario, una de las cosas que hubiéramos deseado en 1971.
Pero de cualquier modo, que el recurso más escaso con que cuenta el país sea administrado por particulares, y por particulares extranjeros, porque de los bancos uruguayos quedan solamente dos, admitir esto, es negar al país toda posibilidad de desarrollo autónomo, es convencerse que estamos condenados a no ser un país independiente. Y nosotros dijimos esto, pero había que convencer simultáneamente a la República de que estábamos al borde de un volcán, que esto necesita arreglo pero a cortísimo plazo, porque si no el país se nos va de las manos como ya se nos está yendo, porque qué otra cosa es pasar por la puerta del Consulado argentino y ver que continúa y seguirá continuando la cola de los uruguayos que tienen que ir a buscar trabajo al exterior, aún en plazas donde no hay facilidades, donde hay una desocupación creciente.
Un país es un país si manda en su casa, si no tiene por qué exportar el excedente de su mano de obra y si le asegura un mínimo de felicidad a todos sus habitantes. Y eso no es empresa fácil para nadie, pero es mucho menos difícil para nosotros que tenemos un territorio de siento ochenta y tantos mil kilómetros cuadrados, que no es muy fértil en ninguno de sus trozos; aquí no hay esos ejemplos maravillosos de fertilidad de la Mesopotamia argentina y nuestra capa de tierra fértil es muy débil; la mayor parte del territorio no se presta para cultivos cerealeros, pero no hay un solo centímetro cuadrado que no pueda usarse, y somos sólo tres millones. Si nosotros no somos capaces de asegurarle una vida digna, decorosa a tres millones de orientales, lo dije una vez y lo repito hoy, somos unos criminales.
Dijimos esto y asustamos a la gente, muchos de los que oyeron esto salieron corriendo a votar a aquellos que no creían en ello, porque querían salir de la dictadura en paz y tranquilidad, sin aventuras. Y nosotros nos dábamos cuenta que la aventura era una hermosa aventura, pero que además nos iba en ella la subsistencia de la patria como nación.
Había dos caminos, dos caminos fáciles: uno era acallar los tambores, bajar el tono de voz, hablar de problemas diferentes, poner acento en la reconciliación de los orientales, olvidando esto que estaba sangrando día a día y destruyendo la patria, y nosotros preferimos decirle a la gente la verdad aunque nos costara cargos de diputados y senadores, y lo que es más importante, que nos costara la emigración de la ceguera, porque hay una ceguera que emigra cuando quiere conservarlo todo, y el que quiera conservarlo todo, absolutamente todo, lo normal es que termine quedándose sin nada.
Estas dos son cosas que puede hacer un partido político solo; si algo me reconforta a mí, si algo me emocionó a medida que nos acercábamos, mientras atravesábamos el departamento de San José, ver a la vera del camino no sólo banderas del Partido Nacional, había también banderas que no son de nuestra colectividad, pero junto a las nuestras ondearon desde el golpe hasta hoy, al lado de las nuestras estuvieron apoyando la maravillosa huelga general con que el pueblo uruguayo recibió al golpe de estado, y que terminó en una derrota pero que es una de las más hermosas derrotas que haya experimentado el movimiento obrero en parte alguna del mundo, porque fue vencido en ausencia total de garantías.
Estas no son cosas que se consigan enarbolando una sola bandera partidaria. En el próximo parlamento nadie tendrá mayoría absoluta. Se han manejado criterios de concertación que saludamos en la medida que expresan la voluntad unitaria del pueblo, en la medida en que expresan esa convicción que todos tenemos que tener. Que solamente con el esfuerzo mancomunado de todos los orientales el país puede salir adelante.
Nosotros desearíamos poder concertar con todos, pero sabemos que terminaremos concertando solamente con quienes también quieren transformar la sociedad y con quienes también quieran imponer mínimos criterios de justicia en las relaciones entre los hombres.
El tiempo dirá, pero el 1º de marzo se constituirá en el Uruguay un nuevo gobierno presidido por el Dr. Julio María Sanguinetti. Muchas discrepancias he señalado yo en mi vida con la posición de este ciudadano, pero nadie puede negar, que pertenece a un partido político democrático –que no es el mío, por algo no milito en él- pero que pertenece a uno de los dos grandes partidos políticos del país que a través de sus enfrentamientos tejieron nuestra historia y construyeron nuestra democracia oriental y nuestro sistema de convivencia.
Y quiero decir aquí muy claramente: mi partido no le va a crear problemas al partido, al gobierno del Dr. Sanguinetti por el solo prurito de creárselos.
Hay una frase que normalmente se utiliza y que dice: estaremos dispuestos a votar al nuevo gobierno todas aquellas iniciativas con las cuales estamos de acuerdo. Esto no es decir nada. Naturalmente que todo partido, en principio, vota aquellas cosas con las cuales está de acuerdo. Yo daría un paso más: nosotros estamos dispuestos a votarle en el parlamento al gobierno que presidirá el Dr. Sanguinetti todo aquello en que coincidamos y todo aquello a condición de que no comprometa principios esenciales y todo en lo que, aunque no coincidamos, resulte indispensable para proporcionarle al nuevo gobierno la posibilidad de moverse, de gobernar.
Nuestro primer deber, el deber de todos, es asegurar la gobernabilidad del país y si no se asegura, enemigos de los cuales creemos habernos liberado están acechando prontos para aplicar el zarpazo.
No hay objetivo más importante que el de consolidar las instituciones democráticas. Y para consolidarlas nosotros vamos a estar detrás del gobierno que el país se ha dado, aunque no nos guste, porque lo importante, repito, no es correr siquiera el riesgo de que pueda sucedernos nuevamente esta pesadilla de la que estamos tratando de salir.
Y quiero darles a ustedes un ejemplo concreto que es bueno mencionar porque casi ninguno de los que aquí están, de los que votan por primera vez –por primera vez votan los de menos de 30 años ¡qué horror!- ignoran que una de las cosas que dañaron la democracia oriental era el hecho de que todo nuevo gobierno que tenía que salir para elegir a aquellos a quienes confiaban la Administración, los Entes Autónomos y los Servicios Descentralizados del Estado que en el Uruguay tienen una importancia tremenda, tenía que salir a comprar los votos de los diversos sectores partidarios, que cobraban los votos proporcionando candidatos no siempre capaces ni ética ni técnicamente para desempeñar la función que se les confiaba.
Quiero decir aquí muy claramente y hablándoles a ustedes, que lo sepa el gobierno que el país ha elegido: nuestros legisladores van a votar todas las venias para designar directores de Entes Autónomos y Servicios Descentralizados, cualquiera sea la filiación política de los candidatos que se nos propongan. No vamos a tener en el análisis otro criterio que el de la competencia técnica y la honradez de los candidatos. Si sirven y si saben, contarán con nuestros votos, repito, pertenezcan al partido que pertenezcan.
Pero vamos a ayudar aún más al nuevo gobierno. Vamos a ayudarlo a que pueda moverse en un clima de paz y de tranquilidad pública y que pueda desenvolver su acción en un país reconciliado y fraterno. Lo vamos a liberar de alguno de sus compromisos programáticos.
Nosotros vamos a votar, y sabemos que no vamos a votar solamente nosotros, una amnistía general e irrestricta.
Eso de “liberar a los presos por luchar” ya sería hermoso, pero la cosa va mucho más allá. Hay que liberar a los presos por luchar y a los presos que tenían un primo que luchaba y a los presos por equivocación y a los presos…
Y yo en esto soy autoridad. Acaso ¿puedo cometer la tontería de creer que mi caso es igual al de los otros?
Yo dirigente principal de un gran partido, conocido por todos los orientales, proclamado candidato a Presidente de la República, he tenido que aguantarme un mamarracho de proceso en el cual los jueces estaban de acuerdo en una sola cosa: lo único que sabían todos por unanimidad es que yo era inocente.
Pero empecé a ser juzgado por fiscales-coroneles y por jueces-teniente coroneles, y bueno… en la Suprema Corte de Justicia comencé a ser juzgado por jueces-generales y jueces-brigadieres y por algunos jueces civiles que respondían a sus mandantes.
Y pensaba: si a mí me pasa esto ¿qué podrá pasarle a Juan Pérez o a Pedrito Domínguez, obrero de la construcción, de quien nadie nunca oyó hablar, que no se sabe por qué anda preso, porque ni siquiera sus carceleros saben bien las causas por las que fue encarcelado?
¿Y me van a decir a mí que el remedio de justicia no es la amnistía? ¿Que la amnistía no puede aplicarse sino para aquellos que no hayan cometido delitos de sangre? Pero, afirmar esto es decir que no habrá amnistía para nadie, porque si alguien no ha cometido delito de sangre, ¿cómo va a estar preso catorce años?
Que la amnistía no le va a devolver la vida a algún servidor público muerto en aquellos terribles y dolorosos enfrentamientos. Y claro que no le va a devolver la vida, pero tampoco se la va a devolver la venganza, la sevicia, el ensañamiento con los presos.
Y entonces en esta cosa hay que optar y optar en forma muy clara: es la amnistía o es la mentira. Si no es la amnistía, es salir a indagar y a rehacer los procesos. Pero, si para atender una apelación que debía franquearse automáticamente de un auto de procesamiento de un juez militar hasta la Suprema Corte de Justicia yo tuve que tragarme cinco meses y medio encerrado ¿qué pueden esperar los quinientos presos que quedan todavía entre las rejas si para cada uno de ellos hay que hacer nuevamente el cuidadoso examen del expediente? Y miren que es peor, porque para ellos no se trata solamente, como fue en mi caso, de investigar si estaba o no ajustado a derecho el auto de procesamiento, porque eso es un recurso que puede interponerse solamente en el momento mismo que se es procesado. Pero, para los otros…habrá que indagar. Cuando alguien diga que el testigo fue torturado hay que indagar, cómo fue, si lo torturaron o no, ¡hace catorce años! ¿Ustedes no se dan cuenta que esto, más que imposible, es una burla?
Y nosotros vamos a hacerle al gobierno el más grande de los favores: vamos a tratar de construir la mayoría parlamentaria que contará nuevamente con nuestra cooperación y con la de otros sectores de la vida nacional, para que el nuevo gobierno inicie su gestión sin presos políticos, sin los presos de la venganza, con gente en libertad. Que nadie, nadie nunca pudo elaborar el destino nacional sobre la base de encarcelar gentes cualesquiera sean las circunstancias.
El profesor Pivel escribió un hermoso libro que es casi una historia del Uruguay. Recién ahora está circulando, porque la primera edición, como es natural -l libro trataba de la amnistía- fue confiscada por estos que odian los libros, que no saben leerlos, sino quemarlos.
El libro de Pivel es en realidad una historia del Uruguay. Es sólo aparentemente un análisis de las sucesivas amnistías que han jalonado nuestra historia. No. Muestra algo mucho más alentador, mucho más tonificante y es que a lo largo de toda su historia cada vez que el Uruguay padecía un gran sacudimiento, de él salía a través de una amnistía generosa olvidando, por grandes que fueran, los yerros de unos y de otros y sobre el olvido construir nuevamente la sociedad reconciliada. Y se da el caso de que cada vez que cada una de estas amnistías que seguía al sacudimiento ocurría, el país iniciaba una etapa de progreso, porque solamente en la reconciliación y en la armonía de la gente el progreso es posible. Todo esto es lo que nosotros vamos a hacer.
No vamos a ser los opositores a todo lo que el gobierno proponga. No sabemos que forma va a tener el nuevo gobierno. En el fondo les confieso que no me interesa demasiado. No me interesa demasiado porque estamos todos de acuerdo que el próximo gobierno tendrá que ser, porque no puede no ser, un gobierno de unidad nacional. Pero la unidad nacional no tiene por qué decir Ministros de todos los partidos, o directores de Entes Autónomos de todos los partidos. La unidad es un clima, la unidad es el respeto de la disidencia, la unidad es el afán permanente de entendimiento aún cuando cueste y a veces cuesta mucho, ceder en algunas posiciones con tal de lograra el consenso indispensable, porque si no el país no camina. Unidad es sentir la necesidad de sacar al paisito adelante. Unidad…para mí significa al fin de cuentas algo todavía más importante, que ocurrirá, porque necesariamente tendrá que venir y es unidad en torno a las grandes soluciones que la tragedia nacional está exigiendo.
Nosotros hemos perdido un sector de nuestro partido. Que volverá en la misma medida en que se fue entonando cánticos partidarios y evocando la tradición de la colectividad. Bueno, será la propia tradición de la colectividad que los llamará nuevamente a su seno. Vamos a tener un partido… bueno, ya tenemos un partido partido. A mi no me hablen nunca más que el que vota a fulano sale por error votando a sultana, porque eso en el Partido Nacional es mentira. En ningún otro lado es más mentira que en el Partido Nacional. En el Partido Nacional se sabe no solamente por quién vota, sino por qué vota.
Somos más que antes. Tenemos más votos que en 1971, esos que coincidimos en un ideal común.
Si algunos se van, para nosotros es muy doloroso, y aspiramos a que vuelvan. Pero si lo que se va es la paja y el grano queda, no olviden ustedes que es con el grano que se hace el pan.
Y termino diciéndole a estos blancos -ahora le hablo a mis compañeros-, a la gente de mi partido y a los que no son de mi partido pero que van a venir necesariamente a mi partido. Mucho se ha hablado que esto de la democracia participativa parecería poco menos que un desafío para que la gente saliera a la calle todos los días a presionar y a condicionar los poderes de gobierno, a sustituir los mandatarios elegidos y a transformar las calles de la ciudad en escenarios de permanente desorden. ¡No! La participación naturalmente, tiene como condición por lo menos la presencia de la multitud. Un partido que no sea capaz de juntar este núcleo de gente y de hacerlo en este tono entusiasta, fervoroso, no merece sobrevivir. No bastan los diputados y los senadores por muchos que sean y no porque nadie quiera sustituirlos sino porque la sociedad es algo más que la sociedad política. Nosotros queremos que nuestro partido esté presente en todos los aspectos de la vida social. Nosotros no vamos a permanecer ajenos a la vida sindical. Nosotros nos opondremos terminantemente al afán de introducir compañeros políticos nuestros en la vida sindical cuando no puedan invocar otro título que el de militantes políticos, porque al sindicato no se entra ni de blancos, ni de colorados, ni de comunistas, ni de frenteamplistas; al sindicato se entra de ladrillero, o de obrero de la construcción.
Y quiero ser además muy honrado. Esto significa y tiene que significar para nosotros una especie de mea culpa porque desdichadamente los partidos tradicionales en nuestro país no tienen buena historia en su referencia con la vida sindical. Cada vez que trataron de introducirse en ella terminaron queriéndolo o no, aprovechados por otros, sirviendo sindicatos amarillos o casi amarillos. Nosotros queremos la presencia de la gente de nuestro partido en las organizaciones sindicales, en las organizaciones juveniles, en las organizaciones estudiantiles; llevando a todas ellas la idealidad de su partido porque ese es su esquema de ideas, esa es su conformación espiritual.
Pero no hacer política en el sindicato. Y así como lo prohibiremos a los nuestros que allí vayan a imponer su criterio político partidista, también les digo que no toleraremos que sindicato u organización alguna le cierre la puerta a un compañero por su sola militancia nacionalista. Pero al partido lo vamos a hacer vivir en todas las organizaciones sociales del país. Al partido vamos a hacerlo vivir en todo lo que preocupe a la sociedad como tal. Nosotros vamos a tener un partido donde no haya solamente una burocracia política que controle la colectividad. Desde mañana, desde hoy, desde ayer, nosotros tenemos que fortificar nuestras organizaciones. Tenemos que lograr que en ellas se estudien los problemas a fondo. Que los técnicos asesoren y enseñen.
Del intercambio de las ideas surge la doctrina que lleva a la autoridad partidaria la inquietud popular. Ese es el partido participativo. No el que vamos a tener. Es el que ya tenemos.
Y si no sacamos más votos porque fuimos los imprudentes; porque las cosas no se arreglan con gritos, ya que se vota pensando. Si fuimos los imprudentes y los partidarios de la aventura, el tiempo a corto plazo dirá en qué medida era absolutamente indispensable apelar a la imaginación, al fervor, al entusiasmo de la gente para ayudarnos en esta gran aventura. Que no lo recibimos como agravio, lo recibimos como el más maravilloso de los elogios. Queremos ser partícipes, y más que partícipes, queremos encabezar la gran aventura nacional para que en esta patria chica nuestra, no haya más dependencia externa y no haya más miseria en la gente.
Es lo que quería decirles. Lo he hecho en forma deshilachada y naturalmente comprenderán que además no sólo estoy cansado sino que he perdido el entrenamiento.
Pero, no dudo, no dudo que aquí en la vieja colectividad, en la colectividad tradicional, en la colectividad de la marcha Tres Árboles, la que arranca…bueno… arranca más atrás pero me basta mencionar a Leandro Gómez y a Saravia y a Herrera, en esta colectividad nosotros vamos a unir la fuerza tremenda de la tradición en el reclamo urgente de los tiempos nuevos.
Una vez distribuyendo el programa del 71 en la Curva de Maroñas, en momento que comenzamos a hacerlo se desencadenó una tremenda tormenta y no recuerdo haberle dicho a los compañeros que comenzaron a dispersarse que no, “no se vayan, no teman que venga el viento y barra todo lo que tenga que barrer. Y aunque se nos transforme en huracán, no teman, si el huracán sopla animando las viejas banderas del Partido Nacional”. ¡Viva la Patria!

 

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