Editorial 6/7/12 - Nº 117                               

Dr. Jorge T. Bartesaghi

Perdón Paraguay

Perdón, perdón Paraguay es el grito que nos brota desde lo más profundo, entrecortado y ahogado por la vergüenza de reconocernos nuevamente autores de una gran injusticia.

Nuestra nación, absolutamente orgullosa de su historia, pero la que después de casi un siglo y medio no puede olvidar una de sus pocas páginas negras, quizás la única, y a la que le sigue pesando su triste participación en la sangre derramada del Mariscal López y el genocidio del pueblo paraguayo, revive hoy bajo otras circunstancias una nueva e injusta agresión que para nada se compadece con la dignidad y el decoro con la que normalmente ha manejado sus relaciones internacionales.

Y lo peor es que nuevamente vuelve a hacerlo como furgón de cola de locomotoras que deciden por sí y ante sí como, cuando y a quien embisten, que no aceptan ni respetan el elemental principio de igualdad entre las naciones.

La reunión del Mercosur celebrada la semana pasada en Mendoza, donde la altanería y soberbia de Argentina y Brasil secundados por la timorata actitud de Uruguay decidieron la suspensión de Paraguay en sus derechos inherentes a la calidad de miembro fundador, y el ingreso de Venezuela como miembro pleno a partir del próximo 31 de julio, constituyen, además de una clarísima violación de elementales principios de derecho internacional, un agravio y vejamen al pueblo paraguayo sin justificación ni fundamento alguno.

El reciente proceso institucional que viviere el hermano país que desembocare en la cesantía del presidente Lugo, se inserta, sin discusión posible, dentro de la normativa constitucional que se diere el propio pueblo paraguayo.

Cualquier juzgamiento internacional al respecto, incluso aquellos que pretenden fundamentarlo en la falta de un debido proceso, no son otra cosa que una violación al principio de la libre determinación de los pueblos, y una grosera ingerencia en los asuntos internos de la República del Paraguay.

Pero además una excusa innoble para el logro de otros intereses escondidos que necesitaban de esta injuria para beneficiarse de seudo reconocimientos que de otra forma no hubieran sido posibles.

A nadie se le escapa que el ingreso de Venezuela no se habría logrado con Paraguay haciendo uso de sus derechos en el Mercosur.

Lo gracioso, si cabe el término, es que quienes cometieron esta tropelía se sirvieron para justificarla del mismo argumento que utilizaron para condenar al Paraguay: la falta de un debido proceso, o mas bien el uso de un corto proceso. Lo condenaron en ausencia sin dignarse siquiera a oír sus descargos.

No nos interesa adentrarnos en el juzgamiento de las actitudes de Brasil y Argentina siempre poco proclives a respetar el principio de igualdad entre las naciones.

Pero si nos importan nuestras propias actitudes que pretendemos sean acordes con nuestra dignidad, y que solo nos permitirán enorgullecernos en cuanto se ajusten rigurosamente al derecho internacional, sin claudicaciones, sin miedos y sin aceptar presiones indebidas que solo lesionan nuestro sentimiento de nación, ese que mucho nos ha costado ganar.

La condena impuesta al Paraguay, injusta e ilegítima de por sí, y espuria por sus reales y ocultas motivaciones, es un baldón para nuestro país que ha intentado siempre respetar y ampararse en el derecho internacional no solo porque así corresponde, sino también porque resulta la forma más adecuada de asegurar su propio respeto.

Y si este juicio es válido para todos quienes fueron responsables de la infamia, es mucho mas grave aún para nuestro país por cuanto actuó en contra de sus propias convicciones, por el simple temor a las represalias de sus hermanos mayores.

Ha quedado probado, mas allá de cualquier duda razonable, que la suspensión al Paraguay fue solo el vehículo necesario para lograr el ingreso de Venezuela como miembro pleno, aunque fuere por la puerta de atrás. Y también está suficientemente probado que la postura oficial de nuestro país, la posición de la Cancillería que imaginamos compartida por el Poder Ejecutivo, era no permitir ese ingreso sin la aquiescencia del Senado de la República del Paraguay.

Así lo ha reconocido públicamente el Canciller Luis Almagro al dar cuenta de cómo y en que circunstancias las damas presidentas obtuvieron el sí de nuestro Presidente Mujica.

Menudo problema para nuestro gobierno. ¿Quién es el culpable de entregar la dignidad nacional? ¿Cuál es el precio si alguno hubo?

Por favor que no se diga que se logró detener el aumento del arancel común pretendido por Argentina, pues eso no es verdad desde el momento que éste jamás podría aumentarse sin la conformidad de todos los miembros. Sería peor la enmienda que el soneto.

Hemos sostenido en forma reiterada que este gobierno no tiene una política internacional coherente. También hemos sostenido que no debemos guiarnos por afinidades ideológicas, sean estas circunstanciales o no.

Entendemos las razones geopolíticas y los condicionamientos y limitantes que deben sufrir los países pequeños. Pero no admitiremos jamás que el precio que por tales circunstancias debamos pagar sea el entreguismo, la vergüenza o la pérdida de la dignidad nacional.

La única forma de generar y mantener el respeto en el concierto de las naciones es actuar siempre apegados al derecho internacional, sin vacilaciones ni miedos.

La errática política del gobierno en este episodio, además del daño a la imagen de nuestro país, a las dificultades y enfrentamientos internos que le generará, no puede menos que determinar la inmediata renuncia del señor Canciller. Que por otra parte paga sus propias culpas.

Todo ello no evita que sigamos repitiendo de corazón, perdón Paraguay.    Jorge Bartesaghi

 Jorge Bartesaghi 

 

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