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Editorial   11/4/14 - Nº 154                                            

Dr. Jorge T. Bartesaghi

 

 

Hay que ganar las elecciones

 

 

 

 

Las que nos permitan llevar adelante el gobierno de la República, por supuesto. Hoy más imprescindible que nunca.


A las razones habituales que puede esgrimir cualquier colectivo con vocación política se agregan otras que, por su gravedad y trascendencia, tornan en imperativo ético impostergable el logro del éxito electoral.


Ha pasado casi una década desde que el Frente Amplio se hizo cargo del gobierno. Accedió al mismo en momentos que el país comenzaba a superar una de las peores crisis económicas de las que tengamos memoria. De origen multicausal, como todas, su detonador fue el desequilibrio internacional del sector financiero que arrastró nuestras endebles y debilitadas estructuras económicas. Sin desconocer, naturalmente, vicios y defectos propios acumulados a lo largo de mucho tiempo.


Más allá del daño palpable y medible en la actividad productiva del país, sus efectos más negativos se reflejaron en el entramado social que quedó definitivamente fracturado, cuando no enfrentado por rencores, resentimientos y odios insuflados.


En este entorno de crisis y sufrimiento el Frente Amplio lanzó una propuesta de esperanza, cautivante, en cuanto prometía algunos cambios necesarios, mayor justicia social, mejor distribución de riqueza, limpieza de procedimientos, honestidad administrativa, en suma, alegría por doquier. Reformas que harían "...temblar las raíces de los árboles...", que motivaron un ruidoso "festejen uruguayos, festejen". "Podremos meter la pata pero jamás la mano en la lata".


Así lo garantizaba una izquierda que lograba unirse conjuntando todas las fracciones de un amplio espectro. Ortodoxos, moderados y radicales extremos, unidos y concientizados del valor de esa unión, aseguraban el cumplimiento de pronósticos y promesas.
Nueve años han pasado y el resultado es francamente desalentador.


A pesar de las mayorías absolutas logradas por los dos gobiernos del signo, absolutamente regimentadas y soberbias, y de la bonanza económica determinada fundamentalmente por factores externos que sustentaron un crecimiento económico constante durante once años consecutivos, el país sufrió un deterioro permanente que no resolvió ninguno de los problemas existentes.


Es más, se profundizó la brecha social agudizando diferencias que excluyeron del sistema a muchísimos compatriotas que hoy no encuentran horizontes de ilusión ni dignidad. Cambiamos pobreza por marginalidad.


La educación sufrió un retroceso imperdonable víctima de una incapacidad de visión y gestión directriz, y lo que es peor, de las apetencias de un corporativismo sindical ideologizado, creado e insuflado por el propio gobierno.


La seguridad pública ha decaído al nivel más bajo que tengamos conocimiento. La inseguridad campea en todos los estamentos sociales generando verdadera sicosis colectiva que se retroalimenta con el incremento de delitos y delincuentes, cada día de mayor gravedad y saña, y lo que es peor, cometidos cada vez más por jóvenes y niños.


La salud y su mentada reforma tampoco arrojan saldo positivo pues sólo se ha pretendido igualar para abajo. Su rezago comparativo con la región es cada día más notorio.


El manejo de nuestras relaciones internacionales ha sido un rotundo fracaso en cuanto ha priorizado afinidades ideológicas frente a los reales intereses del país.


"Brevitatis causa", las reformas prometidas fracasaron por la absoluta incapacidad de gestión, cuando no por la falta de ideas y la sobra de prejuicios. No temblaron raíces y tampoco se "cortaron manos" inmorales. Y por si fuera poco el país perdió mucho dinero (Pluna), enormes posibilidades comerciales (Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos) y prestigio internacional por la manifiesta incapacidad, y a veces desidia, de los actores políticos.


El modelo fracaso, está agotado. El Frente Amplio está fracturado, partido en dos, como ha quedado demostrado en los últimos acontecimientos.


El grupo moderado ha perdido posiciones frente a los radicales. Sus enfrentamientos públicos, inocultables, evidencian la imposibilidad de una unidad real, sólida y confiable.


Ante estas circunstancias sería insoportable tolerar un nuevo quinquenio de desastres, más aún en las circunstancias actuales en que su candidato no logra inspirar la credibilidad de otras horas.


Por ello es imprescindible ganar las elecciones ahora. Porque sólo el Partido Nacional, forjado en la lucha por la libertad y el acatamiento a las instituciones, podrá recomponer el imprescindible respeto a los principios básicos del estado de derecho, absolutamente necesario para el sostén de nuestro sistema democrático.


Sólo así recuperaran vigencia los principios de irrestricto cumplimiento de la Constitución y la Ley, despreciado a conciencia por el partido de gobierno como lo demuestran sendas violaciones declaradas por la Suprema Corte de Justicia, y el de separación de poderes, muy poco respetado por esta administración.


Sólo nuestro Partido Nacional podrá recuperar la educación pública retomándola como patrimonio de todos los uruguayos y no de un colectivo corporativista.


Sólo él puede restablecer niveles de seguridad pública acordes con nuestro estilo de vida, con la ley en la mano y sin temor a aplicarla.


Sólo el Partido Nacional tiene una visión descentralizadora real, imprescindible para un crecimiento equilibrado y justo. Nadie como él sostuvo inalterablemente los principios de convivencia internacional, que tanto respeto y consideración nos han merecido.
Por todo ello, y mucho más que podríamos señalar, el país actual y su historia nos reclaman hacernos cargo ahora de las responsabilidades de gobierno.


Y debemos cumplir. Entonces, a ganar las elecciones, ahora, ya.
     Jorge T. Bartesaghi

 

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