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Ideologías sí, ideologizar no. . .
En su acepción más ortodoxa, aquella que la define como conjunto de ideas
fundamentales que caracterizan el pensamiento de una persona, colectividad
o época, o de un movimiento cultural, religioso o político, las ideologías
han estado indisolublemente unidas al desarrollo del ser humano.
De la misma forma que en lo individual reafirmamos nuestra dignidad
ajustando nuestro comportamiento a determinados valores éticos libremente
aceptados, en lo colectivo, en lo grupal, nos afiliamos a un conjunto de
ideas que engloban deseos, metas y procedimientos por lo general
destinados al bienestar, mejoramiento de condiciones y/o desarrollo de las
sociedades.
No es nuestro objetivo profundizar sobre caracteres y contenidos de las
ideologías. Bástenos a estos efectos señalar que las mismas son inherentes
a la naturaleza del ser humano. Diríamos, imprescindibles a sus
necesidades espirituales. Aún quienes sostengan que no profesan, no
aceptan o no desean alguna, solo esconden su incapacidad para expresar su
pertenencia a grupos ideológicos definidos.
De igual forma, los movimientos políticos necesitan definirse
ideológicamente, al menos en cuanto se refiere a ideas fuerza que
sostienen su propia esencia. Algunos son mera consecuencia de ideologías
universales, otros amalgaman ideas y principios convergentes de distintas
corrientes, imprimiendo un sello particular, propio.
Pero todos ellos pretenden una identidad centrada en sus definiciones
ideológicas, las que en definitiva sustentan sus expresiones
programáticas, tanto de principios como de acciones concretas de gobierno.
Y está bien que así sea. Un partido político se legitima en la medida que
represente ideas-valores capaces de generar, de por sí, la adhesión de sus
partidarios.
Esa identificación ideológica sólo debiera usarse en forma positiva, como
fuerza captora de voluntades que se sientan atraídas por sus postulados, o
inspiración de acciones concretas que estén en sintonía con los principios
que proclama.
Jamás deberá entenderse como barrera infranqueable, divisoria rígida o
separación permanente de otras ideologías diferentes. No lo permite su
esencia misma ni, menos aún, la evolución tecnológica globalizada que
impone imprescindible interdependencia entre las diferentes culturas,
etnias, filosofías y religiones.
En este aspecto el gobierno ha equivocado el rumbo. No ha entendido que el
derecho que le asiste de defender su propia ideología política, no le
permite, en el ejercicio de sus acciones de gobierno, favorecer u optar
por aquellos grupos o comunidades que sienta identificados con su mismo
color.
Esto no es defensa de las ideologías, es simplemente ideologizar
situaciones que no tienen porqué serlo.
Múltiples ejemplos avalan esta afirmación. Tan notorios en el campo de la
acción ejecutiva como en la parlamentaria, sea esta en su función política
o legislativa.
Veamos algunos de ellos. El Ministerio de Relaciones Exteriores, en la
versión impuesta por el anterior Canciller, fue en su momento buque
insignia de la ideologización. No tuvo reparos en regular las relaciones
internacionales según sus preferencias ideológicas, en clara oposición a
lo que fue la inveterada, y muy respetada, política de estado que mantuvo
siempre nuestro país, y que le valiera el unánime respeto de la comunidad
internacional.
La frustración del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, producto
indiscutido de esa absurda ideologización, fue quizás la joya más preciada
de esa pequeñez espiritual, y, naturalmente, por la que pagamos el más
alto precio. Precio muy caro si lo medimos con los parámetros económicos
habituales, pero más caro aún si se le relaciona con las situaciones de
pobreza, miseria o dolor que hubiere permitido superar.
Cómo no recordar también aquella pérdida de la dignidad nacional que
involucrare, además de la Cancillería, al propio Parlamento, supuestamente
primer custodio de los valores democráticos. Resulta difícil de olvidar
aquella convocatoria de la Asamblea General, a la tres de la mañana, para
ratificar, a tapas cerradas, el Tratado de incorporación de Venezuela al
Mercosur. Todo para que a las nueve de la mañana el Canciller esperare al
señor Chávez al pie de la escalerilla de su avión con la ofrenda de su
aprobación. Insuperable demostración de servilismo y alcahuetería impuesta
sólo por la absurda ideologización. Para desgracia y vergüenza del señor
Canciller, y dejar más en evidencia la falta de dignidad expuesta, el
avión nunca llegó y, aún hoy, ni siquiera Venezuela ratificó el tratado.
Tampoco el tema de la educación ha sido ajeno a la “cultura oficial” de la
ideologización. Sin duda la de mayores consecuencias negativas, atento a
su incidencia en la formación y desarrollo intelectual y espiritual de los
educandos. La ruptura de la laicidad favoreciendo, de las más diversas
formas, una educación sesgada, ha sido una constante de la izquierda
uruguaya. Las incongruencias entre el prometido diálogo sobre educación y
el proyecto de ley publicitado (cuyo principal objetivo en el plano
político es desplazar el eje del poder hacia su corporativismo) es prueba
por demás fehaciente de esa actitud.
Inevitable también una referencia a la actitud del gobierno en relación a
las relaciones laborales. Es natural que su propia ideología implique
simpatías hacia determinados sectores. Lo absurdo es que la intención de
“flechamiento” sea de intensidad tal que destruya equilibrios construidos
con esfuerzo, e intente modificar, al amparo de peregrinas
interpretaciones jurídicas, la extensión de derechos de consagración
constitucional. Todo ello con el riesgo inherente de incidir negativamente
en el necesario, deseado e imprescindible desarrollo económico del país.
El Frente Amplio tiene todo el derecho de defender su ideología. Lo que no
puede, en su acción de gobierno, es ideologizar procesos que nada tienen
que ver con las ideas políticas, y que necesitan imprescindiblemente de
regulaciones imparciales y objetivas.


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